Ayer domingo se celebró el Día de los Clubes en un momento en que su condición de base de la pirámides olímpicas es una frase más bonita que real. Los clubes han sido y deben seguir siendo la base y para ello necesitan el empuje de sus dirigentes y la integración de la sociedad, porque no todo es responsabilidad del gobierno.

El club debe volver a ser el oasis y refugio de jóvenes en sus momentos de ocio. Un escape para una familia que no puede pagar una academia deportiva de cualquier deporte.

Los clubes deben tener escuelas deportivas, especialmente de disciplinas que se pueden enseñar y desarrollar espacios físicos reducidos. Los ayuntamientos deben colaborar con terrenos y edificaciones que los clubes puedan utilizar para promover lo cultural y realizar deportes.

El club somos todos. En cada comunidad (barrio, residencial, municipio, paraje, etc) debe existir un club y su creación y funcionamiento debe depender de las diligencias de los habitantes de dicha zona, aunque estos van a necesitar a autoridades y empresarios solidarios.

Porque el tiempo que nuestros jóvenes estén en los clubes siempre será productivo y al menos en ese tiempo estarán fuera de las influencias negativas de una sociedad en la que el ocio constante es peligroso por la amplia oferta de actividades negativas que todos conocemos.

Ya esta sociedad no baila mangulina y hasta juega poco tablero. Son recuerdos del club Cajuquis en la avenida Isabel Aguiar, el mismo que realizaba, y aún lo hace, sus actividades deportivas en el Hogar Escuela Santo Domingo Savio.

El espacio era poco en mi club, pero esa ayuda salesiana lo convertía en un gigante con cuatro canchas de baloncesto y voleibol, tres plays e igual número de canchas de fútbol.

La sociedad necesita a los clubes y los clubes necesitan de todos. Cada quien que haga su aporte.