Esta columna la escribo bajo un pique (“quille”, dicen los de la generación reggaeton) porque vengo de ver a un atleta de élite mundial levantarse de un catre de octava categoría para ir a sus entrenamientos. No hablaré de la villa olímpica porque tengo pendiente una visita, a pesar de que los testimonios dicen que no está a la altura de nuestros atletas. Pero la mayoría de las federaciones tiene una especie de albergue para que duerman los atletas concentrados en selecciones nacionales y lo que he podido ver contradice la sensación de modernidad que las autoridades intentan dar a todo.

Es la moda. El deporte de alta competición exige la concentración de los atletas, aún de los que viven en la misma ciudad, por motivos obvios. Es necesario tener un control de los hábitos, alimentación y el enfoque mental de los competidores de alto rendimiento. A falta de un verdadero albergue olímpico o centro de concentración moderno, estos albergues se han improvisado en anexos de las áreas de entrenamiento, lugares que no fueron diseñados para estos fines en  la mayoría de los casos.

En otros ejemplos, se construyó pensando en esa necesidad, pero los jefes fueron mezquinos con los subordinados a los que deben su condición de presidentes de federaciones. He visto camas inservibles, catres mugrientos hasta el óxido y sin las dimensiones propias para adultos, muchos de ellos con físicos más grandes que el promedio de las personas. Imaginen a un atleta de un deporte de combate de la categoría más 100 kilogramos en un catre tipo camita sandwich.

Duermen mal, incluidos atletas de élite mundial, medallistas continentales, promesas deportivas. Damas atletas sin la privacidad y comodidad adecuada. Son zonas vedadas a los visitantes, pero a veces llegamos a ver lo que hay detrás del entrenamiento y apena, da pique, indigna.

Son nuestros representantes internacionales en la única área en la que, en un momento cualquiera, una potencia mundial cae bajo nuestro pie. Es uno de los pocos ámbitos que nos producen más alegría que tristeza. Y luego nadie tiene una respuesta de por qué bajamos de lugar en los medalleros internacionales.

Esta es una irresponsabilidad de todos en el deporte. Aquí el que no es ejecutante de lo mal hecho, peca por callar ante estos abusos. ¡Ay del atleta que diga algo!, porque lo paga con creces. Ya sacaron el pasado año a una atleta del equipo femenino de fútbol porque se quejó de que le estaban dando el almuerzo a las 4:00 de la tarde. Indigna, quilla, da pique.