En 2009, Wander Cuevas tenía un sueño. El mismo de miles de jóvenes dominicanos que aspiran a lanzar en las Grandes Ligas y lograr el estatus económico y de reconocimiento propio de los que triunfan en el béisbol de Estados Unidos.

Los Vigilantes de Texas lo firmaron y ese año jugó en la Liga de Verano. Fue despedido por la organización el 1 de octubre del 2009.

El asunto es que Wander Cuevas dice que nunca firmó un contrato y no recibió ningún bono por su efímero paso por la pelota professional.

Desde hace cuatro años, Wander y los Vigilantes son las partes de una litis, cuyo fallo está cercano, pues la causa fue conocida.

No voy a opinar sobre quién tiene la razón porque esa competencia está en manos del Tribunal  Laboral de San Pedro de Macorís.

Lo duro es que Wander anda con la vida suspendida, soñando con lanzar y lo hace en torneos semiprofesionales. No tiene trabajo ni lo está buscando. Trabaja fuerte… en el play.

Muchos jóvenes viven situaciones similares. Estos casos de abuso están más controlados, pero quedan las secuelas de días peores. Estos “peloteros eternos” buscan un lugar en la sociedad y muchos no lo encuentran.

Son las víctimas del sueño de las Grandes Ligas, del espejismo de los grandes contratos, el vehículo del año, en fin, el glamur y la buena vida de los “bigleaguer”.
Es que a estos peloteros no les dijeron que entraron a la llamada industria del dos por ciento. Porque solo dos de cada 100 firmados en el país llegan a las Grandes Ligas, según calculos de la propia Major League Baseball.

No les explicaron que son más los que nunca salen del país, aquellos que solo juegan en el béisbol de verano, el circuito Rookie, que pertenece al sistema de las ligas menores del béisbol organizado de los Estados Unidos.
 

Wander Cuevas espera un fallo, mientras se sube al montículo los fines de semana en cualquier liga campesina que le permite seguir soñando con ser un pitcher professional.
Pero el tiempo pasa y no llega el fallo, como nunca llegó la segunda firma.