Cambiar las formas representa un cambio de pensamiento. Cambiar el estilo de vida. Cambiar la manera en cómo las personas se conducen todos los días. Y esa es una problemática que abarca todas las áreas del diseño actual y que también concierne a los diseñadores de cualquier cosa que pueda ser transformada.

Así piensa Karim Rashid, quien es el diseñador industrial más importante del mundo y que ha hecho cosas como el bote de basura Garbo, tiendas conceptuales para Armani, tapas de registro para las alcantarillas de Nueva York, “sex shops” y frascos de perfume para marcas como Kenzo.

Su trabajo se caracteriza por las curvas y los colores brillantes y ha sido descrito por él mismo como “minimalismo sensual”. Ha depurado las formas para que sean funcionales, bellas y revolucionarias, en cuanto a las propuestas de interiorismo, espacio y color.

Esto le ha valido que sus productos sean expuestos en lugares como el Metropolitan Museum of Modern Art, (MoMA) y el Centre Pompidou, así como ser galardonado con premios y reconocimientos. Metro habló con el diseñador a propósito del proceso creativo y de su oficio en la actualidad.
 
¿Cómo define el minimalismo hoy en día?
 Hemos estado hablando del minimalismo por 40, 50 años. Y realmente no existe si hablamos de un paisaje físico, ya que este está lleno de cosas, de mucha información, polución visual. El minimalismo es puro, angelical. Es como el cielo, limpio. Y por eso los diseñadores y algunos arquitectos tienen como misión limpiar, ordenar el mundo.

No necesariamente de esta manera, pero con base en esa premisa, hace 20 años comencé a hacer objetos así. Una vez tuve un debate con un maestro, que creía que los objetos pequeños y suaves no eran minimalistas. Pero para mí el minimalismo es un objeto cuya forma no se separa de su función. Y no tiene que ser en su forma pura; es decir, el minimalismo no triunfó jamás fue porque las figuras geométricas primarias siempre han primado en contra de la naturaleza, y no podemos vivir sin ellas. Y todo ha sido así, desde las ciudades hasta las tarjetas de crédito.

La Revolución Industrial impuso esa idea definitivamente: si puedes hacer todo en 2D es más barato y fácil. Doscientos 200 años después, seguimos en lo mismo. El minimalismo contraviene eso. Por eso creé el llamado “minimalismo sensual”. Algo muy reductivo, pero muy humano.
 
 ¿Qué le inspira?
 La inspiración es un concepto difícil. Puede ser literal. Ves algo de la naturaleza y lo transformas en algo físico. Pero para mí la inspiración es más trabajar. Lo he hecho en 47 países, por eso me siento global y aprovecho para viajar. También lo que hallo inspirador es la interacción humana, la gente. Cómo viven, qué hacen, lo que necesitan. De ahí se saca la inspiración.
 
¿Cómo es su proceso de diseño, desde lo que ve hasta el proceso final?
 Todo producto comienza siendo un boceto y depende de las necesidades del cliente. Hablamos de sus necesidades y de lo que le interesa. Siempre tengo muchas ideas, por lo que me inspiro rápidamente. Luego pongo todo sobre papel. Dibujo mucho y a diario. Hago 40 modelos a diario y en todos lados. Y dependiendo de lo que sea hago todo con mi equipo correspondiente, para luego ponerlas en digital.

Esa es la parte más importante del proceso, porque me ayuda a desarrollar más rápido mis ideas. Mucha gente puede de una vez crear la idea final; yo, de 40 cosas debo sacar una y plasmarla. Pero por eso dibujar es importante. Ahora bien, el computador es otra forma de dibujo, más realista, y te permite llegar a la idea final del producto a través de un prototipo.
 
¿Cómo juega el color en su trabajo?
Por un lado, si uno diseña un buen producto, es bueno en cualquier color; pero si se trata de un espacio, es muy importante que los colores sean cómodos y relevantes para la experiencia humana que se tenga con ellos. Puedes hacer un cojín en 64 colores y al fin y al cabo es un cojín. Pero si es un espacio en un color fuerte, nuestra experiencia sobre él será muy distinta.
 
¿Conoce a diseñadores de periferias emergentes que le gusten?

Ahora el diseño no es solo para los ricos, hay una democratización del diseño que se está produciendo ahora. Pero cada estudiante de diseño que conozco, en su mayoría, se dedica a muebles, cuando hay un mundo por explorar a través de miles de objetos. Además, son muebles grandes y complicados. Con muchas piezas. Puse a cinco diseñadores al nivel mundial por cumplir estas premisas en la Vogue rusa, aunque lamantablemente muchos no tienen dónde mostrar su trabajo.
 
¿Qué piensa de algunas “Capitales Mundiales de Diseño” recientes, como Ciudad del Cabo o México D.F, entre otras?  
Realmente, no conozco el criterio de esta etiqueta, ni conozco quién determina esto o cómo. Pero lo que está claro para mí es que una ciudad debe cambiar en su estructura por lo menos en una década y mejorar así la vida de la gente. Estas dos ciudades siguen teniendo problemas sustanciales en cuanto a tráfico, por lo menos, junto a Moscú y Seúl. Deben ser cambios paradigmáticos si se habla de esto.
Por ejemplo, cuando gobernaba Schwarzenegger, él afirmó que para 2015 el 10 % de los angelinos deberían tener un auto eléctrico y ahora lo tiene el 22 %.

Y ahí es donde hallo el diseño interesante, porque es un acto político y social, no es superficial. Por eso hallo inquietante que toda las vanguardias de diseño solo sean tema de conversación entre diseñadores, cuando la gente que podría cambiar las cosas debería saber de estas ideas y aplicarlas, como los políticos o mecenas, entre otros. El diseño puede cambiar vidas.