Luego de “Melodrama”, tu producción lanzada en 2010, llegas ahora con “A la mar”. ¿Qué tiene de peculiar?

“A la mar” es un disco de música anfroantillana, caribeña, que parte de ahí para brindar música contemporánea y popular.

Es un trabajo que hice con Eduardo Cabra (Visitante Calle 13) y, más que nada, es una alusión a esa primera búsqueda que arrancó motivada por la bachata y la salsa en “Melodrama”.

¿Cuáles géneros combinas?

En este segundo trabajo quise profundizar un poco más en la música de los campos y del Caribe, ya que tiene un poco de reggae, de ska, gagá haitiano, pri prí, merengue ocoeño, un poquito de son cubano, un poquito de Colombia con los Gaiteros de San Jacinto. A fin de cuentas, es un viaje por el Caribe.

¿Cómo se dio el proceso de estructurar cada canción y fusionar estos géneros?

Todo empezó hace como cuatro años, cuando se despertó mi curiosidad. Empecé a viajar un poco más. Fui a Villa Mella, a varias fiestas de palos y cada vez que regresaba surgía una nueva canción o conocía nuevos ritmos a fusionar. Aquí tuvo mucho que ver Eduardo Cabra como una mente maestra para visualizar lo que había y cómo se conceptualizaba de la mejor manera. Queríamos un disco que se nutriera de música afrocaribeña, pero que sonara con la fuerza y el poder de la música actual.

Para nada es la intención hacer música folklórica pero sí la necesitaba para partir de ahí y crear un nuevo sonido.

¿Cómo surge esa química con Visitante?

Estuve muy de cerca en el trabajo de la grabación del disco de la banda colombiana Monsieur Periné, del cual Eduardo es el productor, y en ese tiempo él pudo conocerme, y ahí empezamos a ver cómo podíamos hacer este disco.

Empezó como una colaboración entre productor y artista, pero terminamos siendo productor y coproductor por la manera cómo fluían las ideas. A partir de esa experiencia han salido otras cosas. De hecho, compuse para el disco de la cubana Diana Fuentes, esposa de Eduardo, del cual él también es productor. Estuve un par de meses en Cuba y siento que se harán muchas más cosas con él.

En tus canciones empleas dominicanismos y palabras muy locales como “yeyo”, “bohío” o mencionas un postre tan típico como un “dulcito de coco”.  

Eso es lo chévere, hacer que la gente sienta curiosidad. Fue algo que aprendí de la música de Juan Luis Guerra. Él emplea imágenes de la cultura dominicana y usa palabras como “guavaberry”.

Curiosamente, después que me fui de Santo Domingo es cuando más dominicano me siento. Allá era Vicente García, el de Calor Urbano; acá soy Vicente García, el dominicano, y eso fue moldeándome y haciéndome valorar esas cosas.

¿Sientes que llevas el peso en tus hombros de proyectar la cultura de aquí?

Una deuda que yo tenía conmigo mismo era que quería hacer una bachata sofisticada, y en canciones como “Mal de amor” o “Bachata en Kingston” eso se refleja.

Es una manera de fotografiar lo que se escucha y se vive en República Dominicana. No es el sonido de, digamos, una bachata clásica pero ¡qué bonita es!

Siento que a raíz de la salida del disco he tenido muchísimos comentarios positivos, sobre todo de gente que conoce y entiende de dónde viene esto. Los dominicanos me han escrito cosas súper bonitas y me siento satisfecho con eso.

No solo dominicanos, figuras reconocidas como Juanes o Leonel García, de Sin Bandera, halagaron tu producción en las redes sociales.

Estoy sorprendido porque sabía que era un trabajo que implicaba un riesgo, que implicaba defenderlo de alguna manera. No era volver a la fórmula y tirarlo a la radio y punto, sino que era una apuesta a algo que venía cocinándose desde hacía mucho tiempo y que tiene un trasfondo que respeto mucho que es la cultura de mi país. Era algo muy delicado, y ver que la gente lo aceptó tan bien para mí es un prestigio y me da una enorme satisfacción.

En la producción también hay una canción en spanglish “She prays”, con la cual honras a Bertilia Peña, precursora del género bambulá.

Esa canción la hice a raíz de un artículo que leí de Bertilia, y su historia de cómo terminó con una familia numerosa de nueve hijos, y de elevar a través de ellos esa expresión en las fiestas de San Rafael. Es una apuesta a otro tipo de canción, a otro tipo de composición, que no es solo amor o desamor.

También está “Zafra negra”, la que compusiste con Rita Indiana.

Ya yo tenía la guitarra, la parte musical hecha. Es un gagá, un ritmo que se originó en Haití, pero que fue calando en RD, y me pareció preciso por la temática que causó tanta polémica de los inmigrantes y el Plan Nacional de Regularización de Extranjeros.

Particularmente, una de las canciones que más me gustaron del disco fue “Espuma y arrecife”, con el sabor de los gaiteros.

Para mí era importantísima esa fusión porque explica y simboliza mi realidad de dominicano viviendo en Colombia. En términos musicales es una combinación del congo de Villa Mella con el maracón, la tambora y las gaitas, y quedé muy complacido con el resultado.

Un disco que evoca a la escencia de la isla cobra más sentido si lo escuchamos en ella. ¿Cuándo te veremos aquí?

Eso si es verdad. Estoy loco por ir y tocar allá.