Para la sociedad occidental, erróneamente, el hijab es una prenda tan polémica como la religión que representa. Símbolo de represión corporal, en el que la mujer solo puede vivir encerrada dentro de sus propias prendas para respetar los preceptos del Islam. Pero al ir a páginas como Pinterest, por ejemplo, se puede encontrar que quienes usan esta pieza también tienen un agudo sentido de la moda. Y el streetstyle que ostentan tiene el mismo chic que cualquier “pavo real” –término de Suzy Menkes para describir a los asistentes a los eventos de moda que suelen engalanarse para que los fotografíen– habitual de las fashion weeks puede tener.

Las faldas largas o los loafers que usaría una Linda Tol o inclusive una Miroslava Duma también hacen parte del amplio repertorio estético de varias blogueras de moda que se han hecho famosas en el mundo 2.0 por crear a través de hijab una propuesta de moda que contradice los estrechos criterios occidentales hacia lo musulmán.

Puede que una musulmana francesa no pueda llevar, por lo mismo (y por las leyes seculares), esta prenda en la escuela, pero podrá inspirarse con Amara Majeed, creadora del portal “The Hijab Project”, o con pioneras del mundo bloguero musulmán, como Aishah Amin o Ami Schaheera.

Incluso podrá encontrar editoriales pensadas exclusivamente para ella, tal y como se ve en portales como “Hipster Hijabis”, creado por Summer Albarcha y en marcas de e-commerce como Inayah. Añadiendo, claro está, los tutoriales de Youtube que enseñan cómo lucir un hijab para cada ocasión, o envolverlo creativamente.

Tanto blogueras como “Youtuberas” coinciden en varios estamentos: no se puede ver a la mujer musulmana como un estereotipo de esclavitud por el hecho de no ser “sensual” bajo las convenciones tradicionales de Occidente. Muchas de ellas se refieren al concepto tradicional islámico de “modestia”, como el control de la conducta, las acciones y las intenciones e incluso, un reto hacia el ingenio para crear estilismos. Por ejemplo, Summer Albarcha declaró para “Marie Claire” que el hecho de no poder mostrar ciertas partes del cuerpo la hacía “mucho más creativa”.

Anam Shahid, creadora del portal “The Style Closet” solo afirma que esto incluso “te hace empoderarte, pues configura tu identidad, ya que es un estado mental, más allá de la ropa”.
Para ellas, así como para muchas musulmanas, la belleza y la imagen no contrarían sus creencias. De hecho, se unen.

Este es el caso de Nadira Abdul Quddus, quien  tiene más de 21 mil seguidores tan solo en Instagram, por sus tutoriales Do It Yourself en los que crea sus propias abayas e hijabs.

Ha afirmado varias veces que debió hallar un lazo entre la modestia y la moda. Y lo encontró con su talento. Gracias a mujeres como ellas, la moda musulmana ha encontrado un amplio espacio en la web. Pero las firmas de alta moda no se han quedado ciegas ante el potencial de mercado que hay debajo de este concepto milenario que engloba a un amplio grupo de consumidoras.

Las marcas se revisten de “modestia”

En Sex and the City 2 las protagonistas se sorprendieron al ver a las mujeres árabes con sus trajes tradicionales profusamente decorados e incluso luciendo prendas de Louis Vuitton bajo el negro que impone el Islam.

Este ejemplo de ficción revela una poderosa realidad en el mundo de la moda: cuán cercano es el Islam con el consumo de piezas exclusivas y de alta gama, al tener una población mayoritariamente joven con amplio poder adquisitivo.

No por nada las grandes firmas tienen hoteles en países como Dubai, siendo el de Armani uno de los más conocidos, añadiendo las boutiques y las pop-up stores.

Ya el año pasado, la revista Fortune mostraba que solo en 2013, los musulmanes gastaron 266 mil millones de dólares en calzado y ropa, según el reporte de Thomson Reuters. Para 2019, se espera que esta cifra sea de 484 mil millones.

Dolce & Gabbana llegó relativamente tarde a este festín con su colección de hijabs y abayas lanzado este año. DKNY (Donna Karan) ya había lanzado una colección cápsula para el Ramadán el año pasado, al igual que Tommy Hilfiger. Oscar de la Renta y Net-A-Porter hicieron lo propio con líneas especiales, y marcas de moda masiva como Zara y Mango también hicieron lo mismo. Estos tímidos –pero rentables– intentos han funcionado: A Mango los países árabes le dieron el 5% de las ventas en 2014. Uniqlo hizo otra exitosa colección con la bloguera Hana Tajima. Pero todo se hizo en países de mayoría musulmana y quizás, la línea de Stefano Gabbana y Domenico Dolce ha innovado en eso: se dirige hacia las musulmanas europeas y norteamericanas y también lo hace, precisamente, en un momento político en el que la relación Islam/Occidente pende de un hilo, aunque saliendo invictos.

Porque no lo han hecho como algunos de sus colegas, que recurriendo a los viejos trucos de la industria, han creado por provocación, tal y como Karl Lagerfeld lo hizo en 1993, cuando puso a Claudia Schiffer a desfilar con un sensual vestido con frases del Corán en árabe (aprendió años después, al lanzar una colección crucero en Dubai, inspirándose solo en patrones árabes). O como lo hizo Hussein Chalayan con su desfile de burkas.

Dolce & Gabbana ha visto en la moda musulmana un mercado aún inexplorado y una expresión identitaria con fuertes cimientos híbridos entre religión e individualidad, entre oriente y occidente y entre la libertad de ser mujer y todo lo que la sociedad hace para simplemente configurarla a través de una simple pieza que también puede ser un elegante complemento o una expresión profunda de sus creencias.