“Fast fashion” es una expresión de la moda global cuya cadena de producción no puede ni podrá jamás ser emulada por otros sectores de  la moda. El modelo de obsolescencia programada al que este tiene acostumbrado al consumidor ya no se limita a cuatro colecciones por año, sino a tendencias semanales que van saliendo poco a poco en un sistema de fabricación y creación mucho más acelerado.

Puede que Zara o Forever 21 copien a Alessandro Michele y Gucci con su colección de los 70, pero también lo harán con las tendencias noventeras que ven en Instagram y que son potencialmente atractivas para sus consumidores, que van desde la jovencita de 14 años ávida de ponerse la misma camiseta de Miley Cyrus en Instagram hasta la ejecutiva que simplemente quiere tener una prenda más como complemento o capricho.

Las cifras los respaldan. Para este año, el imperio de Amancio Ortega, que  se enfocará en la parte online y en la inmediatez,  tuvo 5.32 mil millones de euros netos en ventas en 2015. Ante tales números, su competidor Mango se ha enfocado en un público más joven con una línea más barata, así como su contraparte anglo Primark. La marca española lanzó una tienda virtual en Amazon y también abrió macrotiendas, al mismo nivel de Zara. Toda una competencia feroz de las grandes cadenas de “fast fashion” que sucede ante la creciente demanda de los consumidores a los que no les han hecho mella suficiente todos los escándalos alrededor de su cadena de producción, como la explotación laboral o los impactos ecológicos.

Atrás quedó la indignación y conmoción que generaron las lágrimas de la bloguera Anniken Jørgensen al enterarse de la dura realidad de las trabajadoras de las maquilas camboyanas en el reality “Sweatshop”o el horror ante  las crudísimas realidades denunciadas por el documental “The True Cost”.  

Matilda Kahl, quien se hizo famosa por vestir la misma ropa durante tres años (pantalones negros y camisa blanca, en el más puro homenaje a lo clásico), o Lauren Singer, joven célebre por no producir basura en dos años (toda la ropa la compra de segunda), son aves raras en un sistema  que condena la repetición de looks o los cataloga como excentricidad.

Peor aún: ellas dos ejemplifican el tip comodín de las publicaciones de estilo de vida que te dice “así puedes ahorrar y cuidar el planeta”, y que irónicamente está al lado de los mil y un objetos de deseo nuevos de un mundo ultra consumista bombardeado por ofertas e imágenes de moda constantes.
Claramente, hay iniciativas a pequeña escala que quieren ir en contra de este sistema avasallador.

Tímidos pasos que buscan, desde contextos más conscientes, reusar la ropa, intercambiarla, venderla.

Por esta razón se han creado sistemas de trueque e intercambio en redes sociales. Incluso existen proyectos más grandes respaldados por establecimientos educativos, como “The Global Fashion Exchange”, creado en 2013 por el Instituto Danés de Moda, en el marco de la Semana de la Moda de Copenhague, donde 1,500 personas intercambiaron al menos siete toneladas de ropa.  

Iniciativas

Asimismo, en la Red se pueden ver colectivos que hacen transformaciones de prendas, que crean mercados de ropa de segunda mano donde se hallan verdaderos tesoros y también, a nivel un poco más consolidado, lugares físicos y virtuales  donde se proponen uniones  de marcas y presentación de innovaciones en cuanto a desarrollos de material, como las que tiene, por ejemplo, el portal Green Choices. Este muestra todo tipo de desarrollos alrededor de lo sostenible. Informa, por ejemplo, sobre materiales para hacer ropa, como el bambú y el algodón orgánico, entre otros tantos que contribuyen a su vasto campo de ideas para hacer la vida cotidiana un poco más amable con el entorno.  

Pero sin duda, la iniciativa más popular es Fashion Revolution, que tiene influencia en 79 países y que lucha por concientizar de manera simbólica a miles  a través del lema “¿Quién hace tu ropa?”.

Lo hacen motivando a que la gente muestre, por ejemplo, a través de fotos en redes sociales, quién ha fabricado su prenda, usando todo el día la ropa al revés para que se puedan ver las etiquetas, entre otras acciones, que muchas veces no pasan de lo simbólico. Porque  si se habla al nivel de consumo masivo, que es donde realmente está el problema, esto solo son pequeños pasos ante un Goliat que crece a pasos agigantados.

Por eso, desde las marcas también se ha tratado de contrarrestar, aunque sea un poco, los efectos de una cadena de producción imparable.

La buena ropa cuesta más

Una prenda puede ser una verdadera obra de arte y así se refleja en su precio, como lo muestra el lánguido, pero aún vivo negocio de la Alta Costura. Así, un vestido de Dior puede llegar a ser como un Picasso o un Van Gogh. Y por supuesto, el resto de los mortales que no pueden pagar por la obra original, tienen una copia. Ahora bien, ¿qué pasaría si todos aquellos que consumen estas reproducciones pudieran tener algo más que eso? ¿Qué pasaría si a esta cadena de producción en serie se le diera un valor agregado a través de materiales, diseño o investigación?

Esto es lo que han hecho marcas como Mina + Olya y Svilu, así como H&M con su línea Conscious.

Estas propuestas se acercan al diseño y por eso han tenido éxito, como pasa con las prendas del gigante sueco  que han usado mujeres como la princesa Victoria y Sarah Jessica Parker en la gala del MET del año pasado. “En 2013 lanzamos la iniciativa de recolectar ropa que la gente ya no usaba en las tiendas y esto poco a poco fue creciendo para ser la línea Conscious. De las miles de toneladas de productos textiles, el 95 % se podría reusar o reciclar.

H&M se enfocó en tres opciones: Reusar, transformar y reciclar. Hay prendas que aún son utilizables y se pueden dar como ropa de segunda mano. Otras prendas se transforman en otros productos y en la parte de reciclaje, la fibra textil tiene otro uso para crear otras colecciones. No se puede reciclar toda la ropa, ya que toda pasa por un proceso muy elaborado. H&M es el consumidor número uno de algodón orgánico en el mundo.

También hemos usado otros materiales para crear nuestros productos, como plásticos reciclados para hacer lentes. Y por supuesto, la línea cuesta un poco más que la regular, ya que hay nuevas tecnologías, materiales  e investigación detrás. La gente poco a poco ve este valor agregado al conocer este proceso sostenible”, afirma Juan de la Concha, representante de comunicaciones de la marca. También afirma que en la parte humana se ha dado un paso más adelante en dar incentivos a sus trabajadores a través de sueldos justos y planes de apoyo.

Aún con estas medidas, que todavía son innovaciones muy a nuestro pesar, falta mucho por hacer. Tres años después de la tragedia del Rana Plaza en Bangladesh, parece que se ha querido empezar a cambiar un poco las cosas, aunque la ansia por la novedad no desaparezca.

Por lo menos se ha plantado una semilla de duda e inquietud en muchos que tienen en sus manos, en la tienda, la prenda azul sereno de temporada que pasará de moda en dos meses y que se les romperá en tres días. Y así algunos la compren, otros sabrán qué hay detrás de ese bello objeto que relumbra en la vitrina.