Tal y como los infantes isabelinos y pre “Modernos”, la entonces editora de Vogue Francia, Carine Roithfeld, decidió convertir a un grupo de niñas en pequeñas réplicas adultas, pero al estilo de las tendencias editoriales de entonces: como maniquís ultra sexualizados de miradas sugestivas en medio de prendas lujosas, claros productos del “porn chic” instaurado por Tom Ford.

Roithfeld, vaca sagrada de la industria, perdió ahí su cargo y, de paso, fue blanco de críticas por hacer de unas niñas de siete años el blanco de una industria que solo podía ver en ellas connotaciones absolutamente impropias.

Eso fue en 2011, en una época en la que las pequeñas “pageants” reinaban en la televisión estadounidense. Cuatro años después de los desmanes de “Honey Boo Boo”, niños como Alonso Mateo rompieron todos esos tabúes para mostrar que a su corta edad se puede ser una guía de estilo en Instagram, dejando de lado temas como la explotación o la presión psicológica.

Ya no importa la edad, sino el “chic” que se pudiera tener al lograr reunir los seguidores a los que aspiraría una egoblogger en ascenso. Ya no importaba ser solo un “prodigio”, como la bloguera Tavi Gevinson (que se convirtió en referente de moda a sus 13 años), sino ser alguien de extrema juventud que combine lo que necesitan los amantes asiduos de la novedad y los genios del marketing: una poderosa imagen que combine estilo, aspiración y que despierte ternura, así como lo hacen las mascotas en Tumblr o en Instagram. Y los 623 mil seguidores del niño, hijo de la famosa estilista Luisa Fernanda Espinosa, lo confirman.

Así como la sección de niños de “Vogue” y la mercadotecnia que gira alrededor de la moda infantil, en donde las grandes firmas ya están inmersas.

El niño no es “simplemente un niño”: tiene todos los privilegios y representaciones de la infancia, pero también es casi que un escaparate. O por lo menos es así con las celebridades. Las hijas de Katie Holmes, Kim Kardashian o la misma Beyoncé lucen vestidos “mini” de diseñador expresamente hechos para ellas.

Muchas posan con sus hijos perfectamente vestidos, otras sacan líneas de moda con ellos o por ellos, o para ellos. Incluso los llevan a los desfiles, como lo hizo Kardashian en “Yeezy 1“, la colección de su marido. Y por eso generan duros cuestionamientos hacia su maternidad.

¿Son sus accesorios cuando deberían ser eso, “simplemente niños”?

Pero aún así bebés, como North West o incluso Salomé Rodríguez, hija del futbolista del Real Madrid, James Rodríguez, generan aún sin tener conciencia de ello, “likes”, publicidad e influencia.

La hija del jugador colombiano tiene la friolera de 386 mil seguidores en Instagram y ni siquiera alcanza los cinco años de edad.

De esta manera, en esa ambigua dualidad de “es horrible que el niño pose, pero qué adorable se ve con esa blusa Marc Jacobs” se mueve el niño modelo. Se critica su sobreexposición, pero a su vez encanta que lo haga. Eso le pasa a Kristina Pimenova, llamada “la niña más bonita del mundo”, quien fue cuestionada a nivel mundial por su contrato profesional con L.A Models.

Tiene una cuenta de Instagram con 1.2 millones de seguidores y su madre, la exmodelo Glikeriya Shirokova, es quien maneja sus redes sociales, en la que no se puede cuestionar directamente por qué expone así a su hija, sino poner solo cosas “agradables” para la niña .

La madre ha respondido en varios medios que se trata de algo “inocente”, ya que su hija modela desde los tres años “y le encanta”.  Pero ella solo ejemplifica lo que ha pasado con todo niño que se ha hecho famoso, desde  Mozart y Shirley Temple hasta la misma Lindsay Lohan.

¿Qué pasa con la infancia, esa etapa de pureza, de formación que definió tan bien el historiador francés Philippe Ariès en los años 60? ¿Por qué ese afán de erotizar al niño?

“Hay que entender que hoy, la vida acelerada que ha provocado la red hace que los niños maduren más rápido y que aspiren a ser lo que ven en las redes. Por otro lado, las marcas han visto en los consumidores infantiles un gran potencial, porque son ellos los que presionan la decisión de compra. Es todo parte de la mercadotecnia brutal que tiene que presentar números de bottom line satisfactorios para sus inversionistas”, afirma la analista de moda Anna Fusoni para Metro.  

“Pero se vale que un niño modele, si tiene padres responsables como los de Kristina Pimenova”, añade.

En esto concuerda la académica española Patricia Soley-Beltrán, ganadora del premio Anagrama de ensayo por “Divinas, modelos poder y mentiras”, quien habla de los cambios de la industria ante el tema: “Las últimas iniciativas en este respecto por parte de la Model Alliance (NY), una asociación de modelos con el apoyo de instituciones de abogacía, buscan equiparar el trabajo de las niñas y jóvenes modelos al de los infantes actores. De esta manera es ético que puedan modelar, mientras lo haga en condiciones reguladas que no afecten su bienestar”, recalca.

Es por ello que de “Honey Boo Boo” a Kristina hay un abismo. De la adulta postiza a la niña “encantadora” hay padres que muestran la imagen de sus hijos desde contextos distintos, pero de todos modos, los dos casos siempre serán cuestionados sobre cómo influencian y de qué son influenciados, o qué representan en una sociedad donde la idea de “infancia” parece ser cada vez más breve.