Esto de autorretratarse con la cámara del celular, enfocando nuestro rostro y el de quien o quienes nos acompañan, partió como una simple moda. Hablamos de las ya ultra conocidas selfies, que todas nos tomamos varias veces al día y que no conoce de fronteras, cargos ni profesiones.

Hemos visto deportistas, cantantes, artistas y hasta autoridades de Gobierno autorretratarse con sus móviles, y cómo olvidar la famosa selfie de los Oscar 2014, con la que Ellen DeGeneres, Bradley Cooper, Brad Pitt, Jennifer Lawrence y Julia Roberts, entre otros, revolucionaron las redes sociales; en 12 horas la foto fue vista 32 millones de veces y alcanzó los 3,1 millones de retuits en Twitter.

¿Qué es realmente una selfie? La traducción literal al español sería “auto-foto”, y fue elegida “palabra del año 2013” en Inglaterra, por ejemplo, tras extenderse su uso entre los ciudadanos. Su “gracia” es que permite mostrar lo que haces en cada momento, con quién estás o, mucho peor, dónde estás, perdiendo toda intimidad.

Aquí no quedamos ajenos a esta moda; las selfies abundan en redes sociales, sobre todo en los segmentos más jóvenes, quienes prueban distintas poses hasta encontrar la perfecta. Pero, ¿qué sucede cuando esta práctica trasciende el simple placer de autofotografiarse y nos obsesionamos? O, peor aun, ¿si estamos dispuestas a intervenir el cuerpo para lograr una imagen perfecta?

Todo por un “like”

Para la sicóloga Paula Díaz, mucha de la gente que recurrentemente está subiendo sus selfies en las redes sociales denota una personalidad con un cierto grado de  fragilidad, que requiere contar con la aprobación de otros y que de cierta forma refleja algún grado de inseguridad.

Sin embargo, “se debe distinguir aquel grupo de personas que trabajan con su imagen y que permanentemente están publicando fotografías de sí mismos, porque laboran en ello. Como ejemplo están todos aquellos rostros o influenciadores de determinadas campañas publicitarias”, dice.

Explica que quienes sufren de alguna obsesión “son personas que no se sienten queridas, que han sido dejadas o están pasando por algún momento difícil”. En términos generales los obsesivos se ligan a “personas exitosas que buscan la perfección en todo, con un alto sentido de urgencia y con rutinas más rígidas”.

Reconoce que hoy las redes sociales son un medio donde nos atrae publicar fotografías o comunicar cosas, porque es un lugar donde se expresan sentimientos, muchas veces se transforma en una vía de contención, y nos permite sentirnos cercanos a cierta gente.

Sin embargo, muchos conocen el otro lado de la moneda, ya que son estas mismas redes sociales las que se han transformado en un nuevo medio de aprobación o rechazo, donde también se practica el temido bullying. Por ello el psiquiatra Gonzalo Iturra indica que “antes de publicar una imagen se debería reflexionar para qué estoy haciendo esto, qué quiero lograr”. Ello, dado que cuando no obtenemos la aprobación o validación que buscamos se produce frustración, ansiedad y, en algunos casos, rabia.

Agrega que si se sufre de bullying, a lo anterior se añade la sensación de no pertenencia y aislamiento social, que puede ser una experiencia muy dura, especialmente para los adolescentes.

Aumento de las cirugías

La búsqueda de la selfie perfecta también ha traído otras consecuencias. De hecho, artículos internacionales ya hablan de cómo “el boom” de este tipo de fotografías está cambiando el mundo de las cirugías plásticas.

Una encuesta de la Academia Estadounidense de Cirugía Plástica Facial y Reconstructiva realizada a 2,700 clínicas mostró que en uno de cada tres establecimientos se había visto un incremento en los procedimientos, por la llegada de pacientes que reconocían como la causa una preocupación por su imagen en los medios sociales.

El cirujano plástico Roberto Prado señala que “las fotos en Instagram o Facebook muchas veces muestran una imagen distinta de la que autopercibe la persona. Estas imágenes son muchas veces como una lupa para ver imperfecciones reales, o bien sólo percibidas en la selfie. Varias personas se sienten jóvenes, pero no es lo que ven en las fotos, y esto ocurre no en adolescentes y jóvenes, sino que es un fenómeno transversal a todas las edades”.

Otra motivación para llevar a cabo algún procedimiento que no requiera una recuperación muy prolongada es la cercanía de eventos especiales, como un matrimonio o la graduación de un hijo.

Dentro de los procedimientos no invasivos que más se realizan están la aplicación de toxina botulínica en el tercio superior de la cara, relleno facial con ácido hialurónico, láser facial –orientado a atenuar manchas y cicatrices– y la rinomodelación, que cambia el perfil de la nariz sin cirugía.

En tanto, de las cirugías propiamente tal, las más solicitadas son las de párpados (blefaroplastía), corrección de ojeras (otoplastía) y nariz (rinoplastía). Se trata de intervenciones que pueden ser ambulatorias, con una rápida recuperación y de un costo no muy elevado. A ello se agrega que en aproximadamente dos semanas se ven los resultados.

Aún así, el especialista aclara que a quienes acuden obsesionados con detalles mínimos “se les trata de aconsejar no realizarse ninguna cirugía, dado que las imperfecciones muchas veces son imperceptibles y los cambios serán mínimos”.