El voto es un derecho y un deber. Esa doble condición convierte en inexcusable cualquier decisión de no participar.

Los dominicanos, de todas las clases, encuentran los más variados argumentos para justificar quedarse en casa o tomar esos días para vacacionar.

La democracia es un régimen político de responsabilidad individual en los asuntos colectivos. Nadie puede o debe decidir por nosotros.

Las excusas empiezan con el desencanto con los candidatos y termina por el desaliento de la derrota previsible. Las dos razones son equivocadas. El desencantado que no vota no construye esperanza. El derrotado en la víspera imposibilita la victoria.

El ciudadano responsable debe cumplir con espíritu cívico con la expresión de su particular predilección electoral. El voto con reserva es mejor que ningún voto.

El derecho a criticar a los funcionarios electos lo ganamos ese día. El que no participa en la elección pierde la autoridad moral para participar en el debate nacional.

En la antigua Grecia se llamaba “idiotes” a los ciudadanos que no se ocupaban de los asuntos públicos, por estar atentos a los particulares. Este término antiguo puede ser equiparado a la idiotez moderna de negarse a decidir cuáles serán los gobernantes.

La persona que haga gala de su desdén por el proceso de votación debe ganarse el repudio de todos los demás. No hay nada heroico en la abstención, sino un falso sentido de superioridad moral.

La JCE estableció, mediante resoluciones, facilidades para que nadie se quede sin votar. El voto en las cárceles o de los invidentes reduce las trabas que impiden el ejercicio del sufragio.

Las posibilidades estadísticas se redujeron a cero con la decisión tomada en las resoluciones 70-2016 y en la 72-2016.

Los dominicanos residentes en el exterior que por alguna razón no pudieron desempadronarse en el tiempo reglamentario podrán ejercer el voto en el lugar que indique su cédula.

Esperamos que en este proceso la mayor cantidad de dominicanos participe. ¡A votar!. Eso nos hará mejores