Las instituciones hacen la diferencia entre un sistema político que responda al imperio de la ley o a la voluntad de las personas. El sistema político, social y económico nuestro padece una débil institucionalidad. La discrecionalidad de los poderes fácticos se impone a las normas. Las leyes no gobiernan.

Nuestra historia es la saga de esa búsqueda incesante por conseguir una sociedad regida por normas impersonales que no respondan a intereses particulares de ninguna índole. El fracaso es patente. Los continuos retrocesos nos colocan siempre en el camino de la dependencia de la voluntad de una persona o grupo de personas.

La respuesta a un problema con esa vocación de eternidad no puede ser simple. ¿Cuál es la causa de nuestra anomia? ¿Qué produce esta constante inclinación a ignorar la ley? ¿Por qué mostramos una desdeñosa indiferencia a las instituciones?

Las causas podrán ser múltiples, como siempre pasa en un problema social complejo, pero puestos a escoger la más importante nos inclinamos por el personalismo autoritario. La vida familiar, la social, la política o la económica siempre han gravitado alrededor de una persona investida, con razón o sin ella, de la autoridad para decidir por todos en todas las circunstancias.

La dependencia del monarca y del gobernador general en la época colonial; del caudillo militar, en nuestra lucha por la independencia; del presidente de la República, en los tiempos de construcción democrática. La conducta extraña a nuestro ser nacional es la primacía de la ley. Nuestra historia no recoge ningún momento iluminado en el que los asuntos nacionales se definan por la autoridad impersonal de la ley.

El desprecio a la ley es visible de manera cotidiana desde el vértice hasta la base de la sociedad. La única obediencia que tributamos, y siempre interesada, es a aquel que detenta más poder que nosotros. La dinámica de nuestras relaciones políticas, sociales o económicas se define por la obediencia hacia los superiores y el autoritarismo hacia los inferiores. Entre nosotros se manda o se obedece.

En esa característica de nuestra personalidad colectiva está la razón de nuestras deficiencias institucionales. Aquí obedece y manda a un hombre el juez, el legislador y todos los demás. Nadie obedece ni manda de acuerdo con la ley. Así no podemos tener institucionalidad.