La libra esterlina y las acciones en la City de Londres subían. Los mercados confiaban que los británicos votarían por permanecer en  la Unión Europea (UE). Luego, el jueves 23 de junio, el Reino Unido y Europa fueron sacudidos por una mayoría que ponía fin a la participación del país junto a los otros 27 estados de la comunidad.

El resultado del referéndum fue un estallido en que se cruzan motivaciones diversas. Están los que no desean delegar el poder democrático en instancias cada vez más remotas. Argumentan que la burocracia de Bruselas responde a dinámicas propias y no a sus electores directos.

Luego están los que creen que la UE es un saco sin fondo al cual pagan, según la campaña de Brexit,  unos 500 millones de dólares cada semana. Un bus recorrió el reino con esa cifra pintada en un costado con la promesa, si ganaban el referéndum, de invertir esa cantidad en el servicio nacional de salud.

Finalmente, el tema de la inmigración fue protagónico. Se señaló que los inmigrantes dispuestos a trabajar por menos deprimían los salarios. Además copaban hospitales, colegios y ocupaban viviendas desplazando a los criollos.

Los partidarios de permanecer en la UE señalaron que David Cameron, quien hoy le entrega el cargo a Theresa May, había logrado garantías de que Gran Bretaña no sería arrastrado a una Europa federal. Apuntaron que los 500 millones eran ficticios y que la cifra real eran 150 millones de dólares. Lo que no pudieron desmentir es que hay una crisis habitacional y la calidad de los servicios de salud se deteriora. Pero los inmigrantes no son la causa de ello, sino que son las políticas gubernamentales de austeridad que recortan las prestaciones.

Las señales del auge de derechas nacionalistas contrarias a la globalización y la UE se multiplican en  Francia, Alemania, Hungría, Polonia y en Estados Unidos a través de la campaña presidencial de Donald Trump. Las recientes elecciones presidenciales austríacas muestran un cuadro similar al británico. Una parte de los austríacos está satisfecha  con la pertenencia a la UE y acepta la globalización con sus costos y beneficios.

Ese sector, entre los que está la gran mayoría de los que tienen estudios superiores, votaron en un 81 por ciento por el candidato oficialista. Entre los trabajadores manuales, un 86 por ciento votó por el candidato euroescéptico de la extrema derecha.

El rápido  ritmo de cambios sociales y tecnológicos asusta a  sectores tradicionales. La irrupción de nuevas culturas  y la desaparición de fronteras generan inquietud. Entre los más desfavorecidos por la globalización despierta un ansia de identidad expresado  en nacionalismos extremos. Ello al punto que Gran Bretaña, una de las locomotoras de la globalización, ha optado por un incierto futuro de aislamiento.