definición más clásica y precisa es la autoridad o gobierno del pueblo. Tal régimen en sentido tan puro no ha existido nunca, pero es la isla utópica a la que todas las sociedades aspiran a llegar. Nuestro país no es la excepción. En más de medio siglo de afanes no hemos podido construir una institucionalidad que garantice el predominio de la voluntad general del pueblo por sobre la voluntades particulares.

Nuestra democracia, en todos los niveles, es una oligarquía disfrazada. Aquí deciden unos pocos en los partidos y en el país. Somos el ejemplo perfecto para demostrar la famosa ley de hierro de la oligarquía de Robert Michels. Este sociólogo y politólogo alemán decía que “tanto en autocracia como en democracia siempre gobernará una minoría”. Lo lamentable es que no gobierna esa “inmensa minoría” del talento de la que hablaba el poeta Juan Ramón Jiménez, sino la inmensa minoría de la ambición y de los intereses especiales.

Entender eso es entender nuestros continuos tropiezos. El desencuentro eterno entre lo que es y lo que debe ser. El voto mismo, el mecanismo base de la participación democrática, está contaminado por las relaciones clientelares. Las elecciones internas o nacionales, a menudo, se adquieren más que ganarse. En la cordillera de nuestra historia democrática esta época que debió ser elevada cima se convirtió en profunda sima.

El ejemplo más claro de esa caída al abismo lo representa el colapso de la democracia interna de los partidos políticos.

Los partidos políticos están más débiles que nuca. Esta situación debe importarnos a todos, militantes o independientes, porque la democracia grande del país depende en buena medida de la democracia pequeña de los partidos. Si dentro de los partidos se acaba, entonces no está lejos el momento de que la perdamos en todo el país.

Los que tienen la responsabilidad y el poder de decisión deben hacer un alto en la desenfrenada carrera de la ambición para pensar en cómo recuperar los principios y la conducta democráticas. Todavía estamos a tiempo.

Joseph Schumpeter, economista austríaco, hablaba de un proceso imprescindible de la dinámica económica, la destrucción creativa. Lo nuevo surge de las ruinas de lo viejo. Ojalá que este mal intermedio termine en un final feliz.