Abrazarse repercute positivamente en el alma. Tiene un efecto terapéutico. Al recibir un abrazo, reducimos los niveles de estrés y a la vez mejoramos nuestro estado de ánimo. Además, reduce la presión arterial, el riesgo de padecer demencia, mejora el estado de ánimo, rejuvenece el cuerpo y relaja los músculos. Genera confianza y seguridad y eleva la autoestima.

Cuando una sociedad crece en inclusión, nos rehabilitamos todos. La distancia, el recelo, la desconfianza y exclusión son signos de una sociedad enferma. La segregación sólo incuba males. Mayores tasas de criminalidad, vicios, estrés, miedos. Romper barreras entre las personas, en cambio, aumenta los grados de felicidad y paz social. Los muros, tanto físicos como anímicos, separan y hacen crecer los temores, recelos y traumas.

Vivimos atemorizados. Basta darse una vuelta por nuestras ciudades y comprobar que estamos apertrechados en nuestros reductos. En algunos barrios se vive literalmente enjaulados ¡Hay algunos en los que los vecinos han entechado incluso sus patios! Es cierto que los niveles de criminalidad y robo no ceden, a pesar de los esfuerzos de las autoridades. Pero, si la desconfianza entre las personas, vecinos, colegas, disminuyera, viviríamos mejor.

El papa Francisco invita a construir una cultura del encuentro. “Estamos acostumbrados a una cultura de la indiferencia y tenemos que trabajar y pedir la gracia de realizar una cultura del encuentro”, nos dice.

“De este encuentro fecundo, este encuentro que restituya a cada persona su propia dignidad de hijo de Dios, la dignidad del viviente” subraya. Y enfatiza: “Estamos acostumbrados a esta indiferencia, cuando vemos las calamidades de este mundo o las cosas pequeñas: ‘qué pena, pobre gente, cuánto sufre’… y seguimos de largo.

“El encuentro. Si no miro –no basta ver, no, hay que mirar–, si no me detengo, si no toco, si no hablo, no puedo hacer un encuentro y no puedo ayudar a hacer una cultura del encuentro”.

Y eso pasa por acercarse al otro, rescatar lo positivo, lo amable, vencer la barrera del prejuicio y la descalificación a priori. En el país nadie sobra. Nadie sobra en ninguna parte. Para los verdaderamente cristianos, Jesús está en el que sufre, en los pobres, enfermos, marginados ¡Cuidado con construirse una fe cómoda, un placebo que sólo nos evada de los problemas reales, que sea una excusa para no ver dónde Dios está! En esto de creer, es fácil caer en el doble estándar, en el cinismo.