La sociedad dominicana combina, en mayor o menor proporción, dos tendencias contrapuestas: la credulidad más ingenua y el descreimiento más tozudo. El crédulo por definición es la persona que se cree cualquier cosa con mucha facilidad y sin necesidad de elementos probatorios. El incrédulo, por oposición, no cree nada, aunque se le aporten razones. 

El imaginario popular, no muy dado a las abstracciones, creó dos figuras arquetípicas que resumen las características extremas del ser criollo: Juan Bobo y Pedro Animal. El primero tiene fe sin pensamiento. El segundo, pensamiento instintivo sin fe. Son dos extremos. Por eso no aciertan nunca con la realidad.

La decepción les acompaña siempre. A Juan Bobo, porque llevado por su ingenuidad y presa de sus emociones le engañan a diario. A Pedro Animal, porque llevado por su escepticismo se aleja de todos por malos y pierde a los buenos. El alma nuestra lleva en su seno esa hermandad disfuncional. En el escenario político es donde más se refleja esa dualidad. 

Juan Bobo son todos aquellos que siguen sin cuestionamientos una parcela política que solo se distingue por el color. Los que participan de movilizaciones que no se dirigen a ningún lugar. Los que nunca pierden la esperanza de conseguir ese cargo público prometido en campaña y negado en la victoria.

Pedro Animal son los que deciden no participar de ningún proceso. Los que creen que nuestra democracia es una trampa que no tiene remedio. Aquellos que se apartan porque piensan que la gavilla es mayoría. Los que por tener el alma negra tiznan la de todos los demás. Los que desde siempre desconfían en que podamos llegar a ser Nación.

El país se encuentra zarandeado por estas dos minusvalías del espíritu. Nada se puede hacer sin creer y todo se hace mal por creer demasiado. El inventario de nuestras vicisitudes políticas, contado por la historia, debiera ser suficiente para aleccionarnos, pero no aprendemos ni en cabeza propia.

El proceso en el que nos encontramos es una oportunidad para probar si seremos capaces de superar de una vez y para siempre este pernicioso contrapunto de nuestra personalidad. Para conseguirlo tenemos que lograr el equilibrio de pensar con fe. La unión de la fe y la razón conseguirá generar el ser dominicano sazonado para grandes cosas.