En Venezuela la institucionalidad no existe. La Constitución y las leyes nunca fueron respetadas por Chávez y, ahora, mucho menos por Nicolás Maduro. La mascarada democrática, mantenida a través de una popularidad estimulada por la repartición irresponsable de la riqueza petrolera, no se sostiene en momentos que falta dinero y pueblo. La sistemática destrucción de la masa muscular productiva y el desgaste de la estructura ósea institucional dejaron al cuerpo social venezolano en un deprimente estado de escualidez política, social y económica.

El descontento acumulado fue de tal magnitud que los mecanismos clientelares del aparato revolucionario bolivariano no pudieron evitar el alud de votos contrarios. La voluntad del pueblo venezolano se manifestó de manera contundente y clara: la hora es para la oposición. El régimen no acepta el resultado. Los últimos días del parlamento chavista fueron aprovechados para someter a la voluntad única del inmaduro Nicolás al Tribunal Supremo de Justicia.

El resultado de esta táctica pende como una espada de Damocles sobre la Asamblea.La idea es neutralizar el cuerpo completo o invalidar la mayoría necesaria para tomar decisiones que puedan hacer la diferencia en la distribución actual de los demás poderes del Estado.Esa y no otra es la razón de la aceptación de la impugnación y suspensión posterior de la proclamación de los diputados electos por el Estado de Amazonas.

El lunes 11 de enero el Tribunal Supremo de Justicia declaró en desacato a la Asamblea. El resultado práctico de esta maniobra es que todos los actos del órgano legislativo venezolano serán declarados nulos.

El mandato que el voto soberano del pueblo otorgó, ahora se intenta desconocer a través de las decisiones de un tribunal sometido. Lo peor de todo es que estas descaradas acciones, contrarias al espíritu contenido en la Carta Democrática de la OEA, se llevan a cabo con la complicidad de la comunidad de países firmantes.

En América Latina cualquier régimen de etiqueta progresista y que despotrique de boca para afuera contra el imperialismo parece disfrutar de una patente de corso para desconocer la voluntad del pueblo que dice defender.

¿Cuádo aprenderá esta América Morena a entender la democracia?