La democracia supone la interacción constante entre el consenso y el disenso.

La búsqueda del acuerdo a través del reconocimiento del desacuerdo produce sociedades plurales. Los regímenes de libertad necesitan tanto la contradicción como la conformidad.

La existencia de las dos se hace imprescindible. La primacía de la contradcción conduce al caos; mientras que la primacía de la conformidad, a la servidumbre.

El equilibrio entre los dos polos es necesario para mantener la convivencia y la cohesión social. Nuestra particular historia muestra el predominio de la conformidad.

Los siglos de dependencia colonial con la metrópoli y el permanente dominio de los gobiernos autoritarios construyeron la horma que deformaron nuestra pisada política.

Entre nosotros, el disenso es irrespeto o conspiración. La diferencia de ideas nos pone nerviosos y dispara el mecanismo de la imposición autoritaria.

La madurez cívica de un país se consigue cuando reconocemos que las realidades políticas, económicas y sociales tienen interpretaciones diferenciadas. La sociedad democrática no reconoce aquello de conmigo o contra mí.

La diferencia de ideas no entraña necesariamente enemistad, porque disentimos por igual con personas o instituciones que nos agradan o respetamos.

Las leyes son las reglas de juego para regular el comportamiento en el campo democrático. La decisión mejor intencionada no puede llevarse a cabo si no respeta esas reglas.

El ciudadano responsable tiene el deber de hacer el llamado a personas o instituciones a la actuación conforme a la legalidad.

Las leyes son el contorno del dibujo democrático. La autoridad, como los infantes, debe aprender a actuar sin salirse de las líneas trazadas.

Los procesos de gran interés público, como las elecciones, se enriquecen con los debates. Los poderes públicos se deben a los ciudadanos.

En democracia el acuerdo se consigue a través del diálogo que reduce el desacuerdo.