El problema dominicano no es el crecimiento. La economía crece y, de acuerdo al Banco Central, lo hace a niveles de envidia para muchos países.

El Fondo Monetario Internacional corrigió a la baja el crecimiento de la economía mundial. En ese contexto de debilidad el pronóstico para el país sigue siendo optimista.

 La tasa de crecimiento pronosticada supera el cinco por ciento. El dato se torna milagroso cuando se compara con la contracción que sufrirá la economía de la región.

Ningún economista puede explicar cómo lo logramos, pero debemos creerlo hasta prueba en contrario. No hay preocupación por ese lado, entonces, ¿cuál es el problema?

El problema de nuestra economía es que ese crecimiento no da paso a un desarrollo humano importante. Los indicadores se resisten a mejorar.

La pobreza es la palabra con la que designamos el fracaso colectivo de la economía. La baja calidad de la educación, la precaria salud, la falta de agua potable y la fatal ausencia de oportunidades de empleo son algunas de las metas que nos rehuyen.

En esta campaña electoral hemos extrañado el debate a profundidad de esta permanente incapacidad. Los programas de gobierno tocan de soslayo estas cuestiones fundamentales.

No entendemos la razón, porque no es necesario inventar la rueda de la economía del desarrollo para identificar los objetivos que podrían saldar la deuda social acumulada.

Los Estados miembros de la ONU aprobaron en una cumbre celebrada en septiembre del año pasado establecer un conjunto de diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que pueden muy bien funcionar como un perfecto programa de gobierno para resolver los problemas sociales.

La idea central de estos objetivos es poner fin a la pobreza, reducir la desigualdad, acabar con la injusticia y hacer frente al cambio climático.

El país perdió el tren de los Objetivos del Milenio, así que debemos estar atentos para subirnos en el vagon de primera clase para lograr una economía capaz de producir desarrollo sostenible.