Los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica, inspirados en la experiencia antigua, diseñaron un práctico método de toma de decisiones colectivas: la democracia moderna. El experimento de dos siglos se expandió hasta convertirse en paradigma de la institucionalidad política.

Las palabras iniciales del texto constitucional indican dónde reside el poder en un régimen de libertad: “Nosotros el pueblo”. La fe en la capacidad de toma de decisiones del hombre común es la característica distintiva de la democracia. La creencia de que muchos deciden mejor que uno cuál es el bien común está arraigada en la conciencia del pueblo estadounidense.

Pero esa fe nunca ha sido ciega. Las limitaciones naturales humanas advierten sobre los peligros de una tiranía del pueblo. Thomas Jefferson dijo que todos deberían tener en mente “el sagrado principio de que si bien ha de prevalecer siempre la voluntad de la mayoría, esa voluntad ha de ser razonable para ser legítima”.

Las pasiones exacerbadas nublan la razón. La democracia no está inmunizada contra los excesos emocionales. La democracia griega sufrió la perniciosa influencia de los demagogos como las democracias modernas padecen la de los populistas. Los vendedores de miedo, resentimiento y nostalgia están apareciendo de nuevo en la escena pública. El fenómeno es global.

Los pueblos, que se sienten olvidados por las élites gobernantes, vuelven la mirada hacia cualquier aventurero con la labia suficiente para venderles la esperanza del cambio. El fenómeno Trump no es el primero ni tampoco será el último. La plataforma triple que infunde terror, que siembra odio y estimula la nostalgia funcionó en el pasado y es seguro que seguirá funcionando en el futuro.

Este proceso electoral entre Hillary y Trump fue un enfrentamiento entre dos visiones del mundo. Las dos palabras que describen estás realidades en colisión son muros y puentes. La visión de los muros teme a la inmigración y al comercio libre. La visión de los puentes acepta las fronteras fluidas y protege al comercio libre. La visión de los muros está anclada en el pasado, mientras la visión de los puentes encuentra su fuerza en el futuro. Los muros se alimentan del miedo; los puentes, de la esperanza.

El pueblo estadounidense tomó una decisión. El proceso electoral terminó, pero no la división política en esa sociedad. Las consecuencias para ellos y el mundo todavía son imprevisibles.