Por estos días se celebra en París la cumbre que aborda el estado crítico en que se encuentra el planeta por la acción del hombre.

La secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas Sobre el Cambio Climático, Christiana Figueres, lo plantea como la última oportunidad para tomar medidas efectivas para no terminar por destruir nuestro planeta.

Razona con toda claridad que el proceso de cambio climático, debido a las emisiones producidas por la combustión de fósiles, petróleo, gas y carbón, es a estas alturas irreversible, y que las medidas a discutir son básicamente dos: mitigación y adaptación.

La moción es elaborar un protocolo que supere el fiasco del de Tokio, y la meta específica es lograr que de aquí al 2100 la temperatura media de la Tierra no suba más de 2 grados en relación con la época preindustrial.

Pero hay problemas. Esencialmente, como ha de suponerse, los (irreversibles, opino) intereses económicos del gigante egoísta, serían los invencibles antagonistas. Zizek piensa que es más fácil pensar en la destrucción del planeta, que pensar en el fin del capitalismo... Y concuerdo.

En efecto, el sistema económico globalizado funciona y descansa en las relaciones dinámicas entre capital y productividad, siendo los fósiles los que constituyen la fuerza motriz ineherente a su progresión.

Pero la deriva que siga “el sistema”, con un sinnúmero de voluntades cruzadas, las cuales están subordinadas estructuralmente a éste –a su complejidad me refiero– es un prospecto no muy halagüeño, me temo.

De la teoría de sistemas sabemos que la relación de complejidad sistema-entorno es asimétrica, siendo el entorno siempre más complejo que el sistema en sí, y que toda vez que la complejidad del sistema aumenta, también lo hace indefectiblemente la del entorno. Y si tomamos prestado de la termodinámica su segunda ley, esto es, que toda transformación energética implica una “pérdida” de un fracción de ella en el proceso, dejando un remanente de “energía libre”, o sea de energía no utilizable, esto es el caos.

Y notemos que la energía útil sumada a la “libre” debe ser constante, debido al principio de conservación de la energía (Joule). Con estos antecedentes, les invito a sacar sus conclusiones.

El debate es complejo, porque tratándose de una economía petróleo dependiente, y considerando que el objetivo “racional” y tópico de la economía del capital se reduce al aumento del PGB (Producto Global Bruto), habría un conflicto natural entre los fines de los países más industrializados, y subsecuentemente, más contaminantes (EEUU, China y la UE), para preservar su liderazgo y desarrollo, conflicto -decía– con sus supuestas intenciones de encaminar a los países subdesarrollados hacia el progreso y la modernización, lo cual supondría un mayor uso de combustibles fósiles por parte de estos últimos, considerando la tecnología con la que disponemos hoy.

Ergo, unos y otros serían renuentes a mayores cotas de combustión, en principio. Todo esto pese a todas las buenas intenciones. Uno de los objetivos, por ejemplo, de esta convocatoria es reducir el uso de estos activos fósiles por valía de 300,000 millones de dólares de aquí al 2050.

¿Habra voluntad?

Lo dudo. Sólo me quedo esperanzado en que los acuerdos que allí se logren resulten los óptimos. Sólo eso.