La ciudadanía, en una democracia, debe tomar decisiones basadas en ideas alternativas. Esa es la razón que hace imprescindible fomentar la contradicción y el contraste.

El mecanismo al uso es el debate electoral.

En la tradición hispana, a diferencia de la anglosajona, no se cultivó el gusto por el debate. Las sociedades rígidamente jerárquicas refuerzan negativamente la contradicción y positivamente la conformidad.

La obediencia es la mejor virtud de un súbdito.

La triple herencia africana, hispana e indígena nos predispone al monólogo.

El de arriba ordena y el de abajo obedece. En ese contexto no se desarrolló ninguna de las cualidades imprescindibles para el intercambio de argumentos.

La libertad de pensamiento era fruta del árbol prohibido.

El traje democrático lo usamos por los imperativos de la moda. Nuestras normas recogen la formalidad democrática, pero nuestras acciones no. Esa es la razón de que las instituciones democráticas sean vestidos para cubrir el cuerpo autoritario.

José Martí aconsejaba: El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡ es nuestro vino! La democracia es un vino importado.

El paladar criollo todavía no está lo suficientemente educado para desgustarlo en toda su complejidad. En materia política somos copistas y, lamentable es decirlo, no muy buenos.

El trecho andado ya es muy largo, así que no queda más que seguir. Si vamos a jugar el juego democrático tenemos que hacerlo con todas las reglas.

El debate es una regla no escrita del juego democrático. Los medios globales han difundido la práctica del debate político por todo el mundo.

Estos espectáculos, en ocasiones de aparente superficialidad, consiguen atención masiva. El objetivo es que mediante esta confrontación de ideas y temperamentos el público se hace una idea aproximada de las condiciones del aspirante político.

Si será Trump, Carson o Rubio depende del desempeño en los debates.

Nuestros candidatos, algunos buenos comunicadores, siempre rechazan participar. La hora está madura para ensayar esta costumbre que obliga a pensar en caliente.

La conversación revela las ideas. El debate nos muestra el carácter para defenderlas. Los candidatos deben pactar una serie de debates. El electorado dominicano se lo merece.