El TPP, el Acuerdo Transpacífico, es el trato comercial más importante de los últimos años y quizás de la historia de la humanidad. Los doce países firmantes controlan el cuarenta por ciento del comercio mundial. Las autoridades comerciales estadounidenses estiman que por lo menos dieciocho mil productos de ese país reducirán su tarifa arancelaria a cero. 

Lo más ambicioso del acuerdo no es su dimensión cuantitativa.  Los socios se comprometieron a respetar también normas comunes para la protección de la propiedad intelectual, los trabajadores y el medioambiente. Los países están obligados a regirse por los principios básicos de derechos laborales de la Organización Mundial del Trabajo. 

El verdadero alcance del acuerdo no será conocido hasta su publicación. El mismo fue negociado durante más de cinco años en completo secreto. La discreción era comprensible para hacer más fácil a los negociadores hacer concesiones mientras se evitaba las presiones domesticas en cada una de las naciones negociadoras.

Las teorías de conspiración y los detractores no faltan. El  Nobel de economía, Joseph Stiglitz, dijo que este acuerdo producirá ganancias para las multinacionales en desmedro del interés de los consumidores. Las farmacéuticas y la industria del entretenimiento son los grandes ganadores afirma el prestigioso economista.

El acuerdo necesita todavía un largo y difícil recorrido para su aprobación, sobre todo en Estados Unidos. El acuerdo tiene fuertes opositores en ambos partidos. Los dos candidatos punteros Hillary Clinton y Donald Trump coinciden en su oposición al TPP.

Las implicaciones para la República Dominicana dependerán de si el acuerdo contempla un trato igual al de los países firmantes del DR-CAFTA. En caso de contener normas más flexibles estarán en riesgo productos textiles y calzados. El impacto a nuestra balanza comercial sería considerable. Las pérdidas de empleos tendrían negativas consecuencias en la estabilidad social.

Nuestra diplomacia comercial debe empezar a trabajar de inmediato para asegurar salvaguardas a esos productos o asegurar una futura renegociación con las autoridades comerciales estadounidenses para homologar el DR-CAFTA con el TPP. El otro camino es un lobby cooperativo con los demás países afectados para conseguir apoyo en el Congreso de EE.UU. para detener un acuerdo que nos pondría en desventaja. El único lujo que no podemos darnos es el de la inacción.