El carácter, decía Esopo, es lo que nos hace meternos en problemas, pero es nuestro orgullo el que nos mantiene en ellos. El carácter de nuestra sociedad por su inclinación a la actuación improvisada y poco reflexiva nos mete en situaciones con pocas probabilidades de buenos resultados.

Las advertencias bien intencionadas sobre las grandes fallas en la organización del proceso electoral no pudieron evitar que marcháramos hacia este escandaloso desorden. El orgullo, con su proverbial sordera y cerrazón mental, impidió el triunfo del buen sentido y ahora sigue obstaculizando una solución razonable.

Las evidencias del fracaso están bien documentadas en los informes de la OEA y de Participación Ciudadana. No podemos hacernos los sorprendidos. El desastre fue crónica de una muerte anunciada, desde el mismo momento en el que decidimos incorporar la automatización de procesos a unos comicios reconocidos como muy complicados por la unificación de los tres niveles de elección.

El orgullo, manifestado en la incapacidad de diálogo exhibida por la JCE, fue el causante de que se ignorara los efectos colaterales de la llegada a destiempo de los equipos, la falta de una auditoria a los mismos, la ausencia de entrenamiento y el fracaso de las dos pruebas de transmisión.

Ese orgullo fue el que transformó a la JCE en un amo del proceso electoral y de los partidos políticos más que un árbitro. El organismo comicial impuso su propia norma ayudado por colaboradores mediáticos y asesores legales expertos en justificar lo injustificable.

La involución es evidente. El imprudente orgullo que condujo a todas estas fallas organizativas es el causante de que en muchos lugares los resultados estén cubiertos por el manto de la duda.

El orgullo engendra abusos. El comportamiento del senador Manuel Güichardo con el presidente de la Junta Municipal de Laguna Salada es una expresión de ese orgullo desbordado. Lo mismo se puede decir de las urnas quemadas en Santo Domingo Norte ante la indiferencia de las autoridades.

Los ciudadanos sensatos apuestan a una solución capaz de detener la escalada del caos y dar satisfacción a los ciudadanos molestos con la situación mediante acciones que hagan irrepetible lo ocurrido. El orgullo debe abrir paso a la prudencia. Este es el momento de pactar mecanismos legales modernos para regular a los partidos, el proceso electoral, y para conformar una JCE sin compromisos partidarios.

Así desterraremos de la vida pública a ese orgullo capaz –como escribió Sócrates– de engendrar tiranos.