La condición de buen orador era requisito indispensable para el desempeño de funciones públicas en la antiguedad. Grecia, la cuna de la democracia, fue liderada por grandes oradores.

Recordamos a Demóstenes y a Pericles.

Los asuntos de gobierno en las democracias, contrario a lo que se cree, se resuelven hablando. El pueblo usa la palabra para pedir. Los gobiernos la toman para otorgar o negar las peticiones.

No existe en la historia política ningún ejercicio público fundado en los simples hechos.

Los actos más celebrados de los estadistas son los dicursos.

El pueblo norteamericano en los años dificiles de la depresión se reunía alrededor de la radio para escuchar las famosas charlas en la chimenea de Franklin Delano Roosevelt.

Los estudios especializados han encontrado que sus discursos motivadores contribuyeron más a la rcuperación que muchas de las medidas del Nuevo Trato.

Igual experiencia la encontramos en Europa.

La resistencia francesa jamás se hubiera recuperado en territorio inglés sin la capacidad oratoria de Charles de Gaulle. Un páis humillado se levantó.

En tiempos recientes tenemos el ejemplo de lo que pudo hacer una frase feliz para ayudar a Estados Unidos a salir de otra de sus crisis.

Nadie puede negar la contribución del “Sí podemos” de Obama a la imprescindible recuperación anímica que precede a cualquier recuperación económica.

En el principio es el verbo en la creación y en la política. La administración Medina está pasando por momentos difíciles.

La ciudadanía se está haciendo preguntas y la oposición política comienza a cuestionar realizaciones.

Dar la callada por respuesta podría verse como un esfuerzo de eludir responsabilidades.

El tema del dengue, por ejemplo. La cantidad de personas fallecidas hacen de esta afección un asunto de primera importancia de Estado.

Los funcionarios altos, medianos y pequeños están enfrascados en el inútil esfuerzo de buscar culpables.

La voz del presidente Medina es más necesaria que nunca para llamar al orden a sus funcionarios, calmar la preocupación de los ciudadanos y confortar de la pérdida a las familias de las victimas.

En los tiempos felices hablar es superfluo, pero en los tiempos dificiles es una necesidad. Ahora, el silencio no es rentable.