La mayor amenaza global para la humanidad es que, por la propia acción del hombre, nuestro hábitat se torne insostenible para garantizar la sobrevivencia de la especie. La ruptura del equilibrio ecológico requiere de la acción combinada y decidida de los mayores contaminates de la tierra para mitigar el impacto de las emisiones nocivas. El resultado de la Cumbre del Clima de París es una demostración de que los líderes mundiales se están ocupando del tema, pero no están suficientemente preocupados.

La reacción global se parece a los quejidos del perro recostado en el jardín sobre un objeto punzante: le molesta como para quejarse, pero no lo suficiente como para salir corriendo. Eso hicieron los representantes de los ciento novencinco países que pactaron. El acuerdo, considerado como un triunfo histórico sin precedentes por todos los medios internacionales, sin duda lo es desde el punto de vista de los fracasos del pasado, pero no así mirado desde los requerimientos del futuro. Lo que logró la humanidad en París fue el reconocimiento del problema, pero no la obligación con la solución.

El concepto clásico de soberanía de las Naciones limitó el poder vinculante del acuerdo. La necesidad de que los poderes legislativos de cada país lo refrende obligó a tomar en cuenta particularidades locales para enfrentar un problema global. Nadie ignora que cualquier acuerdo vinculante no sería aprobado por Estados Unidos ni por China.

El legislativo norteamericano, dominado por los Republicanos, que no aceptan la responsabilidad humana en el cambio climático, jamás aprobaría una norma vinculante decidida desde afuera. En el caso de China, la razón es su compromiso innegociable con el crecimiento económico sostenido. Estas dos potencias fueron, en mayor o menor grado, las que representaron los dos intereses enfrentados en París: economías desarrolladas versus economías emergentes.

La reducción de emisiones tiene un impacto diferente en las posibilidades de crecimiento de una u otra. Las desarrolladas son economías de servicios que pueden reducir su demanda de recursos naturales. Las emergentes, en cambio, son economías industriales dependientes de los recursos naturales.

El acuerdo sería histórico si el verbo utilizado hubiese sido “deberán” y no “deberían”. Ahora todo dependerá de la buena voluntad de los firmantes.