El compromiso democrático del liderzgo político latinoaméricano es algo que no puede darse por sentado. Los casos de Venezuela y Nicaragua son ejemplos de cómo el poder alcanzado por medios democráticos se ejerce de forma autoritaria.

Las mentes más obtusas o la genuflexión ideológica más incondicional pueden negar la deriva dictatorial de los supuestos regímenes revolucionarios.

El último caso en agregarse al inventario de la falsedad progresista es el del gobernante nicaragüense Daniel Ortega.
El control absoluto que tiene la organización del Frente Sandinista de Liberación Nacional de las instituciones estatales permitió dos acciones que demuestran de manaera abierta la vocación a la perpetuidad: la eliminación de la oposición en el Poder Legislativo y la nominación de Rosario Murillo, esposa de Ortega, como candidata a la vicepresidencia.

La paradoja repetida mil veces en la historia política de esta “América morena” de ver convertirse a los luchadores por la libertad en amos absolutos vuelve a aparecer con intensidad distinta en muchos países.  
El mecanismo no tiene ningún misterio. La aplicación de políticas asistencialistas permite conseguir la masa crítica popular que permitirá el dominio matemático de las instituciones arbitrales.

El dominio de la Corte Suprema y el Consejo Superior Electoral posibilitó arrebatarle el control del Partido Liberal Independiente al líder opositor Eduardo Montealegre; y de paso, despojar a esa organización de toda su representacion congresual.

 El camino está despejado por la ausencia de oposición para revalidar la extensión de mandato en las elecciones a celebrarse en el mes de noviembre.

Lejos quedaron los días en que la resistencia heroica al régimen dictatorial de la dinastía de los Somoza conquistaron los corazones amantes de la libertad de América y del mundo.

Los mismos corazones ahora quedan rotos por la decepción producida por la apostasía democrática de otro lobo disfrazado de oveja. La dinastía Ortega comenzó.

El dominio dilatado de un hombre o una organización conduce a la pérdida de la democracia.