La pobreza es un tema frecuente en los discursos políticos, los informes técnicos, las tertulias televisivas y en la opinión de los diarios.

Las estadísticas indican que por lo menos la tercera parte de nuestra población vive por debajo de la línea de la pobreza o en pobreza extrema.

Lo lógico sería encontrar en cualquier medición científica una análoga preocupación de los ciudadanos por el tema. Lo sorpredente es que no es así.

El tema de la pobreza solo preocupa a un dos por ciento de los ciudadanos y no precisamente pertenecientes a la clase más pobre.

La cultura consumista es la dominante en la sociedad actual. La herramienta fundamental para participar del consumo es el dinero. Los pobres no lo tienen en las cantidades necesarias.

La abundancia es omnipresente en la sociedad. Los medios de comunicación y los circuitos comerciales de las principales avenidas hablan de un mundo de confort y lujo extraordinario.

Las naciones quieren conseguir para la mayor cantidad de sus ciudadanos la posibilidad de pertenecer a ese circuito de consumo donde las necesidades básicas estén cubiertas.

La gran aspiración de los hombres y los pueblos en esta era de la globalización, se supone, es alcanzar la riqueza individual y colectiva.

La busqueda de la realización de este objetivo lleva a muchos a preferir los atajos que conducen a la práctica de la delincuencia común o de cuello blanco.

¿Cómo explicar entoces que no preocupe a nadie? La pregunta es tan compleja que no podría responderse en unas pocas palabras, pero sí aventurar hipótesis que más adelante podrán ser corroboradas por estudios científicos.

La pobreza es un concepto abstracto utilizado por académicos y políticos para referirse de forma conjunta a una variedad de deficiencias que afectan al ciudadano.

El pobre es el que no tiene seguridad, empleo, capacidad de compra, acceso a salud o a buena educación. Los conceptos abstractos no preocupan a nadie, pero las deficiencias particulares sí. Hablemos del pobre y no de pobreza