La democracia, por definición, es el gobierno del pueblo. La afortunada frase de Abraham Lincoln, en su famoso discurso de Gettysburg, lo dice mejor: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Los ciudadanos deben recuperar ese espíritu primigenio de la democracia: la participación popular.

En la antigua Grecia las decisiones se tomaban en la Asamblea (Ekklesía). Los miembros con derecho a participar no eran elegidos. La democracia era directa. Los ciudadanos libres podían asistir a voluntad. La participación era tan valorada que se distribuía entre todos los asistentes el importe de un impuesto que se recaudaba para este propósito.

Al que decidía no asistir a la Asamblea se le llamaba “idiotes”, el ciudadano que por egoísmo o ignorancia renunciaba al beneficio de decidir su destino, el de la ciudad y del pago por hacerlo. Ese es el origen del vocablo actual “idiota”, el necio o ignorante. Lo que es común ahora, la no participación, era impensable entonces. El colmo de la estulticia era negarse a ser un ciudadano activo.

La renuncia a participar de la política era la actitud mejor vista, sobre todo en las clases superiores. La política no es para personas decentes, decían, y terminaron por tener razón. Las cabezas mejor compuestas renunciaron a la responsabilidad pública para dedicarse a los negocios o al ejercicio de profesiones liberales. Los mejores dejaron la política y los peores la tomaron.  

El siglo veintiuno está retornando el concepto antiguo de participación. Las nuevas tecnologías de la información permiten la cercanía de los ciudadanos. Las redes sociales son el ágora moderna, la plaza pública donde se dan todas las conversaciones.

Es una especie de viaje a la semilla. Hoy es posible que todos hablen entre todos sobre todo. El movimiento 15 M en España, Ocupa Wall Street y la Primavera Árabe son ejemplos del renacimiento de la participación.

La sociedad dominicana no está al margen de esos cambios sociales. La clase media, principalmente, se está haciendo cargo de las demandas sociales. Lo está haciendo dentro del orden Constitucional, como debe ser.

No son jóvenes revoltosos que buscan tirar el sistema, sino refundarlo. Las autoridades no deben censurar las protestas. Los líderes democráticos no deben temer las demandas del pueblo.

El pueblo pide el cese de la impunidad y la corrupción. Llegó la hora de oírlos.