La Batalla de la Fe es una institución. La sociedad dominicana creyente y no creyente espera su mensaje. La voz oficial, el profeta de esa institución, es el pastor Ezequiel Molina. En esta ocasión, como en los últimos cincuenta y un años, su prédica no dejó a nadie indiferente.

 El tema central fue la corrupción. Molina llamó al pan, pan, y al vino, vino. El recuento de efectos negativos del flagelo no dejó títere con cabeza. La justicia, los partidos, las empresas, la prensa y los individuos en función política o como simples cidadanos. Los ejemplos que utilizó dibujaron una imagen exacta del perfil diverso de la corrupción. Le llamó “monstruo de siete cabezas”. El simil, aunque clásico, no puede ser más exacto. La corrupción que otorga y consigue sentencias favorables es la misma que obtiene contratos ventajosos o que permite el contrabando.

Las palabras duras, como son todas con las que se dice la verdad, no estuvieron exentas de misericordiosa comprensión. El reconocimiento de que la mayoría de las personas llegan a los cargos públicos “cargados de ilusiones y buenos deseos” es una muestra de esa misericordia; pero el pastor Molina se hace la pregunta que nos hacemos todos los ciudadanos: ¿Por qué no las ejecutan?

 Una respuesta posible puede ser la doble moral que afecta a la sociedad. El refranero criollo resume en unas pocas palabras el credo popular: “una cosa es con guitarra y otra con violín”. Lo que pensamos, creemos y practicamos cambia como cambian las circunstancias de la vida individual o colectiva. Somos como veletas morales. El viento decide a dónde apuntan nuestra convicciones. La vida que vivimos es una vida de principios cosméticos, usados para esconder la fealdad del rostro moral verdadero.

Lo cierto es que nuestros hombres públicos no cambian ilusiones y buenas intenciones cuando llegan al poder, sino que muestran las verdaderas. Por eso es tan importante el ejecicio de franqueza que cada año hace el pastor Ezequiel. Le hace honor a su nombre ejerciendo de profeta, cumpliendo con la responsabilidad de recriminar a su pueblo por extravíos y malas conductas.

Los que critican sus palabras, por pronunciarlas frente a figuras políticas importantes, deben saber que la verdad debe ser dicha con valentía, precisamente, ante los poderosos.