Se cuenta que un pueblo venido a menos destacaba por su campanario. Un viajero que pasaba por allí decidió robar la magnífica campana. Los pobladores eran pocos, viejos y pobres, y pensó que no notarían la falta. La campana tenía mucho sin usarse, pero era el orgullo del pueblo.

El viajero notó que la campana era demasiado grande para cargarla en los hombros. Decidió quebrarla con un martillo. El ruido fue tan grande que tuvo miedo de que todos los vecinos oyeran y trataran de evitar que se la llevara.

Así que decidió taparse los oídos. El temor por los efectos del ruido era fundado, pero el taparse sus propios oídos era una idea estúpida.

Esta historia encierra una lección útil para las autoridades y la sociedad. El poder judicial es la campana que debe tañer con cada sentencia justa. En los casos de imputaciones a los detentadores de poder solo se escucha el silencio.

El Ministerio Público, que es un eslabón de la justicia, hizo público a golpes de denuncias la corrupción. Esos golpes provocaron un gran ruido. No pasa el día en que no descubramos una nueva corrosión en el metal de la campana judicial. Lo inevitable pasó.

La sociedad comenzó a mirar hacia el campanario y encontró al que nos robó la justicia tapándose los oídos. En esta historia no hay inocentes. Cada uno tiene una porción de responsabilidad.

La campana de la justicia, para sonar, necesita de la acción coordinada de fiscales y jueces. Lo que hemos descubierto es que ni el uno ni el otro están libres de pecado.

La denuncia de que un fiscal adjunto aceptó un supuesto soborno de cientos de miles de dólares de un imputado del caso del banco Peravia es una muestra de que la herrumbre moral también afecta a los miembros del denunciante Ministerio Público.

No olvidemos la lista de cien fiscales corruptos que dice poseer un diputado.

El problema entonces no puede reducirse solo a un cambio de personas. Todos los eslabones de la cadena que sostienen la campana judicial tienen su grado de oxidación ética.

Lo conveniente es que dejemos de señalar y nos decidamos a realizar un saneamiento integral de todo el sistema.

Recordemos aquellas sabias palabras de la parábola de la mujer adúltera que invitan a la reflexión a todo acusador moral: el que esté libre de pecado, que lance la primera piedra.

La multitud se dispersó y el Señor invitó a la pecadora y a todos nosotros a no pecar.