La ecuación democrática tiene una variable constante: los ciudadanos. La apertura mostrada por los partidos políticos participantes en el diálogo moderado por Monseñor Agripino para escuchar a los representantes de la sociedad civil es un avance correcto, pero insuficiente.

La manifiesta incomodidad que muestran los políticos al consenso con la sociedad desdice mucho de su compromiso democrático. La sociedad civil debe participar con pleno derecho de esas discusiones, porque la institucionalidad no es un tema exclusivo de los partidos. La dimensión representativa de la democracia no debe excluir la dimensión participativa.

El pasado está sembrado de lecciones sobre las ventajas del consenso versus las decisiones unilaterales. Nada o muy poco de bueno se puede hacer sin el acompañamiento y la conformidad de los ciudadanos.

El valor axiomático de la participación hace inexplicable los remilgos exhibidos por algunas organizaciones políticas y dirigentes que sienten a los ciudadanos como incómodos acompañantes de mesa. El PLD decidió aceptar que se le escuchara, pero falta que discuta y acepte la integración plena al diálogo.

No queremos pensar que esa organización intenta aplicar a los ciudadanos el principio de la política criolla de los doce años reivindicado por Nano Uribe: “A la oposición se le escucha, se le aplaude y se le aplasta”.

Los ciudadanos no son oposición, porque no participan de la dinámica de aspiración al poder. Los ciudadanos buscan contribuir con el proceso de creación de buenos gobiernos. Los ciudadanos son acompañantes ideales en la busqueda del bien común.

Los políticos tienen que abandonar la idea de que lo único útil del aporte ciudadano es el voto. Los ciudadanos deben y pueden también participar en las decisiones de políticas públicas y en el diseño de la dinámica institucional.

Los representantes de la sociedad civil deben aprovechar la disponibilidad de escuchar para exigir su espacio formal en la mesa de negociación.

El éxito de todo lo pactado dependerá de su participación. La política no puede ser reformada solo por los políticos.