El ignorante, en el remotísimo origen de la palabra, era aquel adorador del fuego como deidad. Ese primer chispazo de pedernal que quedó atrapado para siempre en material combustible al servicio del hombre, sin duda, que lo era todo para la humanidad primigenia. El fuego hizo de la noche día, transformó los alimentos y hasta proporcionó seguridad; pero no era Dios.

La atribución de naturaleza divina a lo que solo posee naturaleza material es una confusión del que carece de conocimientos, de la instrucción necesaria para acertar a discernir entre lo que es y lo que no es. El ignorante, entonces, es aquel que no conoce, que no identifica la verdadera naturaleza de las cosas o fenómenos. El ignorante confunde lo malo con lo bueno, eleva lo bajo y estima lo despreciable. El ignorante no ve por ceguera de espíritu. El ignorante se hace el loco con la realidad.

La inversión de valores a la que asistimos en los tiempos que corren es un producto de la ignorancia. La política y el arte, por ejemplo, comparten esa preferencia de las masas por lo antiético en un caso y lo antiestético en el otro. La ignorancia es la responsable de que se corone con el laurel de la popularidad a figuras cuestionadas en la política, o se erijan ídolos musicales construidos a fuerza de mal gusto.

La ignorancia juzga apariencias, por eso acepta los hechos sin valorar las intenciones. El ignorante prefiere quedarse en la superficie y no penetrar en las profundidades cuando evalúa situaciones o personas. El ignorante evita los sufrimientos de la ardua reflexión y prefiere la recompensa inmediata del placer. Esa es la razón de que empeñe su voto.

El ignorante cree que vivimos en una democracia, porque asistimos a defectuosos procesos electorales cada cuatro años y porque decimos lo que nos venga en gana sin que nadie nos haga caso. La apariencia de libertad es entendida por el ignorante como la libertad real.

Nuestro pueblo vive en esa feliz ignorancia que juzga como democrático un sistema con una justicia obediente al dinero y a los intereses; un poder legislativo arrodillado siempre ante los deseos del ejecutivo; y un poder ejecutivo secuestrado por una camarilla que no vela por el bien común.

El pueblo no sabe que esa felicidad de la ignorancia también es falsa. Esa felicidad se acaba cuando el sufrimiento abre paso a la sabiduría.