La matemática es ciencia útil en todo, menos en la justicia. La formación política dominante se aseguró de contar siempre con mayoríaaritmética en la judicatura. Así los sometimientos o se archivan, anulan o se fallan a favor.

La justicia no será sana mientras el resultado de un proceso judicial pueda anticiparse. Las propias autoridades judiciales se dejaron leer las señas cuando eligieron, para desempatar la decision, una jueza con lazos afectivos que podían condicionar su voto.

La certeza era tan grande que, si las bancas deportivas aguantaran apuestas judiciales, no cabe ninguna duda de que los apostadores hubiesen favorecido al sanjuanero.

La política no puede entrar en la justicia. Cuando lo hace, los fallos fallan.Todo el esfuerzo reformador de los últimos años parece perdido, porque ya no se toman la molestia ni de disimular. La manipulación de los procesos se hace a la vista de todos, con el mismo descaro que los asaltantes en las calles y, además, con celebración incluida.

La matemática política comenzó por el Consejo de la Magistratura. La mezcla de los diferentes componentes tenía que garantizar que el color de la justicia fuera de la misma familia: violáceo, cárdeno, violeta, amoratado, lila, azulado, purpúreo o malva.

El proceso de selección de jueces juntó a mansos y cimarrones, pero los mansos quedaron en minoría. Se improvisaron jueces que contaban como único mérito la obediencia ciega. Los pocos buenos barnizan con el brillo de su pretigio las opacas decisiones de los muchos malos.

La sociedad lleva muchos años mirando hacia otro lado, como si el problema desapareciera con solo no verlo. Pero no, está ahí y seguirá ahí hasta que tengamos el valor de encarar ese monstruo que devora la justicia.

La sociedad siente el olor de un cuerpo en descomposición. La reacción natural del asco es alejarse. Pero esta vez no debemos, no podemos hacerlo. Con la nariz tapada iniciemos la tarea de enterrar el cadáver; y luego, con la mayor energía, comencemos de nuevo desde cero a construir la justicia que necesitamos. 

No podemos dejarnos ganar por la desesperanza. Las mayores victorias llegan después de una caída. No olvidemos los dos votos dignos.