La comunidad internacional mantiene su sentido de urgencia con respecto a las investigaciones epidemiológicas para entender el zika, como para el desarrollo de una vacuna para prevenirlo o curarlo.

La preocupación, justificada ante cualquier enfermedad nueva, tiene su cara oculta, como la luna. El activismo de los laboratorios para movilizar con prioridad a la comunidad internacional para que actúe en favor de una vacuna para el zika levanta cuestionamientos y hasta suspicacias.

 Lo único cierto que se conoce de esta enfermedad es que no es mortal y que tiene una baja capacidad de mutación. Lo que asusta a la población, sin duda, es lo que no se conoce.

El velo de ignorancia produce el miedo, y el miedo sostiene la conversación sobre la enfermedad al nivel global. La asociación que se hace con la microcefalia y el síndrome Guillain-Barré no está respaldada por estudios científicos.

En el pasado hemos visto cómo estos procesos de alarma solo han servido para abrir un mercado a un producto desarrollado por los laboratorios. No es nada nuevo.

Por ejemplo, lo que pasó con el brote de H1N1 en México y la desproporcionada reacción de la Organización Mundial de la Salud. Los países dispusieron planes y recursos para una pandemia que nunca se presentó. La OMS pidió disculpas luego por la alarma innecesaria.

No entendemos la razón de que nunca hayamos observado a escala global una reacción similar con el dengue, otra enfermedad transmitida por el mismo vector y con capacidad de provocar alta mortalidad.
Las estadísticas en el país indican que no llegamos a los mil casos de zika. No pasa así con el denque. Las personas fallecidas superan a las del año anterior por esta misma fecha.

La prioridad para nuestro sistema de salud es encontrar una manera efectiva de reducir la propagación del mosquito a través de esfuerzos continuos de destrucción de su hábitat.

La victoria en la guerra contra el dengue significará también la derrota del zika. Queremos ver esa otra campaña.