El remoto pasado de conflictos bélicos entre Haití y República Dominicana a causa de la independencia siempre estará presente en el trasfondo de los encuentros y desencuentros de las relaciones diplomáticas.

La carta enviada al presidente provisional haitiano, Jocelerme Privert, de parte del presidente del Comité de Justicia y Seguridad del Senado, Jean Renel Sénatus, y el presidente de la Cámara de Diputados, Cholzer Chancy, comunicando al Primer Ministro y al Ministerio de Defensa la obligación de desalojar sin demora o dentro de las próximas veinticuatro horas a los soldados dominicanos del territorio nacional haitiano responde a esa dinámica histórica de ataque y defensa o de víctima y victimario.

La reacción del Poder Legislativo de Haití a la presencia militar dominicana en el masivo convoy de ayuda enviado a su suelo es entendible, aunque no justificable, visto desde la perspectiva de una historia de abundantes conflictos y precarias reconciliaciones. La comprensión del hecho requiere recordar que el resentimiento de los fuertes debilitados es mayor que el de los débiles fortalecidos.

En la conciencia colectiva de una parte del pueblo haitiano persiste el temor a la retaliación. El victimario no entiende el perdón, por eso siempre espera la venganza de la víctima. La élite intelectual haitiana conservadora está atrapada en el complejo de culpa que despierta el fantasma histórico de la invasión invertida. Esa es la razón de que un convoy de alimentos y medicinas custodiado por soldados del país donante sea visto como un caballo de Troya portador de la temida pérdida de la soberanía política y comercial.

Las ideas engendran creencias y las creencias acciones. La clase gobernante haitiana interpreta todos los gestos de la nación dominicana desde esa lógica retorcida de la culpa y el resentimiento. La hipocresía es la característica dominante en la actitud de Haití hacia nuestro país. En los últimos años, a diferencia de nosotros, no se han comportado como buenos amigos. Los obstáculos al Plan de Regularización y la veda son dos buenos ejemplos. Los daños causados a nuestra imagen internacional y a la economía son incalculables; por eso no entienden este gesto de amistad, no entienden que pongamos la otra mejilla. El golpe se repite.

La lección debe ser aprendida, pero no debemos dejar que la ingratitud o la indiferencia nos cansen.