“La peste puede que un día despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa”. Así termina Albert Camus su novela, La peste, sobre una epidemia mortal que asoló la ciudad de Orán. La novela, una crónica, debe leerse como una alegoría de los efectos del mal en cualquier colectividad humana, sea este mal una enfermedad física o moral.

Nuestro país sufre varias pestes, pero hoy escribiré de una peste más mortal: la falta de justicia. Esta enfermedad de transmision social, como cualquier otra dolencia contagiosa, necesita de un vehículo para propagarse. La falta de justicia es huésped de dos ratas que despertaron para morir en nuestro dichoso país: la rata de la impunidad y de la corrupción.

Estas dos ratas son dos especies del mismo género que pueblan toda la geografía nacional. Predadoras oportunistas capaces de aprovecharse de presas moralmente dormidas. La impunidad y la corrupción son roedores hábiles para escalar las paredes lisas del poder, buenas nadadoras en las aguas pestilentes del crimen organizado y saltadoras excepcionales de escollos legales. Se orientan bien en los vericuetos de las almas  más oscuras, su esqueleto flexible les permite meterse por agujeros estrechos y sus dientes resistentes roen las defensas más sólidas.

Desde hace tiempo la Justicia lleva una mala racha de decisiones que levanta en los ciudadanos, por lo menos,  una legítina sospecha sobre el fallo de los fallos. En la mayoría de los casos cuando no falla un juez, falla el Ministerio Público o, como se cantaba en el castellano antiguo de las canciones infantiles, fallan ambos a dos.

Lo único cierto es que aquí los jueces y juezas pueden devolver aviones incautados, ordenar devolver millonarias sumas en dólares a empresas promovidas con dinero del lavado, liberar acusados de liderar bandas de sicarios, otorgar una fianza a un alcalde acusado de asesinato, dictar libertad condicional a pilotos extranjeros condenados y favorecer con un “no ha lugar” a un poderoso senador.  Lo único que se escucha de las autoridades es la crítica a la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio.

La sociedad clama por líderes que, “no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos”. Así, tal vez, desaparecerá la peste.