La seguridad es la condición de sentirse protegido, despreocupado de cualquier peligro o daño.

El concepto antiguo del término significaba separado del cuidado. El inseguro sería aquel al que niegan esa separación, el que anda unido al cuidado, el que no puede estar solo sin sentirse perturbado por su integridad física, moral, social o económica.

La inseguridad es la principal preocupación de los ciudadanos, porque en todo espacio público o privado se siente la ansiedad por un peligro desconocido.

La inseguridad produce la paradójica situación de necesitar a los otros, pero sin dejar de desconfiar de ellos. El conocido, al igual que el desconocido, se convierte en un atacante potencial.

En las sociedades inseguras la sospecha destruye todo lo respetable o sagrado. Lo que vemos nos parece un disfraz que oculta una segunda naturaleza peligrosa.

El maestro, un abusador. El policía, un delincuente. El juez, un manipulador de la ley. El banquero, un defraudador. La mano solidaria puede ser la del asesino o ladrón.

Kimberly Castillo sufrió esa inseguridad cuando se accidentó en la autopista Duarte. Las personas, que no ciudadanos, de los alrededores se acercaron con el propósito de sustraerle sus pertenencias.

La joven se preguntó, con justa razón, relatando el hecho: ¿Dónde se ha ido la sensibilidad del ser humano? ¿La conciencia? La pregunta no tiene una respuesta fácil.

La brecha entre lo que conseguimos y lo que necesitamos es tan ancha que hemos quedado reducidos a lo básico.

La vida básica está más cerca del instinto que de la razón. La ausencia de razón  produce acciones insensibles y sin conciencia.

La experiencia de la joven Kimberly Castillo ejemplifica la inseguridad en la que vivimos, porque su padre hace poco fue asesinado y ahora ella padece el trauma doble de la irracional forma de conducir y de la ratería común.

El país no será verdaderamente moderno hasta que no se ausente el peligro que acecha por todas partes. No es una percepción. La inseguridad es una realidad.