La historia política de América Latina es la repetición incansable de la vocación de eternidad. Los buenos y malos políticos sueñan en la permanencia infinita. La presidencia, con honrosas excepciones, es un sacramento indisoluble del que solo la muerte los puede separar. La muerte cívica, por el cansancio popular; la muerte biólogica, como resultado del tiempo.

Lo que pasa en Bolivia, con la búsqueda de permanencia de Evo, pasa o ha pasado en cualquier rincón del subcontinente. Los vaivenes constitucionales no son ajenos a ninguno de nuestros países. El país andino lleva a cabo un proceso de referéndum para decidir el cambio constitucional que podría permitir al actual mandatario presentarse a las elecciones del 2019. Nada nuevo. Lo mismo buscaron y tal vez seguirán buscando mandatarios de izquierda y derecha de aquí y por allá.

Lo impresionante es que un fenómeno muy viejo encuentra siempre galas nuevas para presentar en sociedad su decrépito cuerpo de ideas. El éxito de la mayoría de las aventuras de permanencia, hay que decirlo, demuestra la existencia de un talante continuista también en los electores.
La justificación de la permanencia tiene una argumentación vertebrada. La anatomía de las reelecciones se mantiene en pie porque la soporta una estructura ósea. Conocer cada hueso nos ayuda a entender el fenómeno y tal vez algún día a conjurarlo.

En una entrevista concedida por el mandatario boliviano a un diario europeo podemos encontrar las mismas ideas que una y otra vez ha repetido el caudillo del momento para vender a la población su condición de imprescindible. Los puntos claves son tan simples como efectivos: un proceso u obra de gobierno que no puede parar, un líder insustituible para continuarlo: ”Si Evo (o cualquiera) se va, esto fracasa”), y el infaltable enemigo exterior o interior que acabaría con todo.

El nombre del mandatario puede ser Evo, Ortega, Chávez o el país puede ser Bolivia, Nicaragua, Venezuela o República Dominicana. Pero las causas, justificaciones y consecuencias siempre serán las mismas.

La evolución cualitativa de las sociedades en el tiempo es la única solución para un comportamiento político que, hasta ahora, tiene y propicia vocación de eternidad.