Los antiguos romanos veneraban una deidad de dos caras, el dios Jano, que tenía una faz que miraba hacia atrás y otra dirigida al frente, una observaba el pasado y la otra vigilaba el futuro. Los seres humanos, que no poseemos esa disposición física doble, sí tenemos la posibilidad del golpe de vista de la conciencia del tiempo.

La vida es sucesión de acontecimientos conjugados en todos los tiempos verbales, pero a menudo lo olvidamos.

Las urgencias cotidianas nos hacen obviar el pasado y no pensar en el futuro. Así vivimos un presente vegetal, sin contenido. La vida conscientemente vivida debe poseer el movimiento ágil del pianista que desplaza las dos manos de izquierda a derecha para sacar las mejores notas.

El teclado de la vida también requiere de ese movimiento. El sentido profundo de ella se encuentra en ese ir y venir del pensamiento y la imaginación. Estas cualidades de la mente humana son inseparables a la hora de producir sabiduría.

El pasado se piensa. El futuro se imagina. El presente se vive.

La sociedad, como el individuo, debe acometer igual tarea. La historia recoge lo que fuimos y encierra la semilla de gran parte de lo que seguimos siendo y seremos. El año nos regala sus últimos días. Por la época es aconsejable hacer un riguroso examen de lo acontecido en los últimos meses.

El balance de esa reflexión nos permitirá establecer con claridad las acciones para el presente y los propósitos para el porvenir.

El año que termina nos deja un sentimiento de frustración colectiva. La amarga experiencia de que no se cumpla la palabra empeñada, que se traicionen los juramentos y se repitan los usos y costumbres que tantas desgracias nos acarrearon en el pasado son motivos suficientes.

La Constitución sigue siendo un pedazo de papel que se reescribe a voluntad de los intereses de coyuntura.

La idea del poder como disfrute y no como responsabilidad produce el perfil egoísta del que se aprovecha de los bienes colectivos para convertirlos en bienes particulares.

La corrupción sigue estando presente. La sociedad civil consciente reaccionó y no fue escuchada. La impunidad más descarada se manifestó una y otra vez a través del silencio o de las decisiones cómplices de una justicia subyugada.

Recuperemos el respeto a las leyes y el sentido ético en la vida pública y el próximo año será mejor.