La cultura dominicana, como la de la mayoría de países de América, en el campo político, no es dada al intercambio de argumentos entre los contrarios. El debate está ausente de los procesos internos de los partidos y de las elecciones nacionales.

Nuestra cultura política se inclina más al monólogo sin posibilidad de rebate que al diálogo con oportunidad de contradicciones. La costumbre, como casi la mayoría de virtudes y defectos, es una herencia de nuestros colonizadores y también, por qué no decirlo, de nuestros ancestros africanos. El diálogo no era práctica en la corte española ni tampoco de las tribus africanas.

En nuestro pasado remoto, y no tan remoto, lo único que encontramos es la costumbre del ordeno y mando, esa inclinación a la rigidez autoritaria en el lenguaje y los gestos.

Nuestra educación familiar y académica tampoco favoreció nunca el debate. El intercambio de ideas es una adquisición reciente en nuestros hábitos privados. La voluntad del padre, hasta hace poco, era incontestable. La réplica más comedida era considerada una falta de respeto. El aprendizaje escolar basado en la memoria presenta el mismo perfil autoritario.

El profesor es el que sabe. Los alumnos escuchan y copian. El argumento de autoridad es el preferido entre nosotros para cerrar un conversación o una cátedra. En eso somos pitagóricos, porque ante cualquier requerimiento de explicación respondemos con el magister dixit; fórmula clásica que significaba “el maestro así lo dijo”.

El proceso democrático cada día se torna más abierto y competitivo. Los efectos de la globalización económica y los avances de la tecnología se sienten en la cultura familiar y política. Los hijos reclaman una relación con los padres y los votantes también.

La sociedad está reclamando desde hace mucho un debate entre los diferentes candidatos presidenciales. La contribución a la cultura democrática del país sería inmensa si todos aceptan participar. Se supone que el inventario de ideas es la herramienta más importante en una campaña.

Los votantes necesitan, para tomar una decisión informada, ver la verdadera capacidad de los aspirantes para decir y escuchar. No se entiende cómo un político contemporáneo se puede negar a defender sus ideas en un debate. Solo aquí algo así es posible. Llegó el momento para un debate.