El escritor argentino Martín Caparrós inició un trabajo periodístico, y para el proyecto estuvo dando vueltas por África.

En un pueblito de Níger se encontró y conversó con una mujer; le preguntó si acaso comía todos los días lo mismo: mijo. Ella respondió que sólo cuando podía. En seguida le preguntó qué pediría si tuviera el poder de pedir lo que quisiese. A lo que la mujer respondió “una vaca”, para poder tener leche. Algo perturbado le insistió, reforzando la idea de que podía pedir todo lo que quisiese. Ante la premura, ella simplemente respondió: “entonces dos vacas”.

Caparrós concluye que la pobreza “no sólo te jode la vida, sino que también los sueños”. Y que el hambre es más bien un asunto de la riqueza.

Francamente, su diálogo me persigue y aguza mi impotencia por tanto sufrimiento gratuito que ocurre en el mundo, y que “espectamos” en los medios de comunicación, insensibilizados con una banalidad rampante. Recordé una conversación que tuve con un individuo (ya difuso en la memoria) en la que hablamos del tema. Me decía, para mi estupefacción, que no le importaba lo que pasaba en África, porque no “le afectaba” en su vida diaria. No le pude convencer de lo contrario: frustrado me quedé.

Su respuesta, aparentemente liviana, es más densa que lo que se pueda pensar. Es cosa de sentarse a ver, por ejemplo, los acontecimientos que se apoderan de los medios, los titulares, y la ridícula importancia que el vulgo (en la más conspicua de sus acepciones) le concedemos en nuestro fuero interno, perpetuando ese círculo vicioso que alimenta la fuente de la que nos alimentamos.

Sonará añejo, me perdonarán, pero ¿cómo puede ser posible que nos expongamos permanentemente a la tiranía del fútbol, los “realities”, la farándula y las teleseries? ¿Por qué esos contenidos nos resultan tan hipnóticos y nos impiden salir de la barbarie, de esta nauseabunda psicósfera?, me pregunto. ¿Cómo no va a ser prioritario poner el foco de atención en los desastres de la carne que ocurren a diario en el orbe?

Es difícil verle la cara al hambre desde el confort. El tiempo que nos deja la vorágine, sólo nos predispone al sueño hedonista, a la brutalidad a fin de cuentas. Los medios dominantes nos muestran el sueño de un glamur ficticio entreverado con su realidad. Aspiramos a esos paraísos de artificio, compramos los productos que “los rostros” nos venden y nos empobrecemos financiando el show que anhelamos protagonizar. Pero somos protagonistas tan sólo en nuestro inconsciente, que seduce a nuestra conciencia indefensa. No sabemos distinguir entre el acontecer físico y la puesta en escena. Soñamos sin darnos cuenta.

En la respuesta por su sueño, la jovencita de Níger no exhibía siquiera resignación, y esto me resulta absolutamente espeluznante. Sueña lo real, lo posible. Sueña leche y sabe lo que sueña.

Anualmente se produce el doble del consumo necesario para alimentar a la población mundial y hay sin embargo 850 millones de habitantes que no tienen qué comer. Mueren cientos de miles al año. El desperdicio infame se debe a la concentración del poder económico y político, a la especulación financiera y la codicia. Caparrós sanciona: “El hambre actual es el más canalla de la historia”.