La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido, escribió Milan Kundera.

El arma más poderosa de los pueblos es la capacidad de recordar. El que recuerda no puede ser engañado. En los años escolares se repetía que saber era recordar a tiempo. La memoria de las cosas debe permanecer guardada para ser recuperada de manera oportuna. Recordar soluciona y salva. 

El pueblo dominicano tiene corta memoria. La condición de pueblo alegre, pueblo que vive en un permanente presente, como todo el que prefiere el disfrute al sacrificio, quizá sea la razón de esa proverbial incapacidad de recordar. Los medios de comunicación tenemos la responsabilidad de pensar los acontecimientos presentes en clave de pasado y futuro.

Contar lo que pasa es bueno y necesario, pero mucho mejor e imprescindible es contar por qué nos pasa. La lucha permanente de la memoria contra el olvido que permite recordar el pasado, no repetirlo en el presente y así poder renovar el porvenir. La memoria es el último recurso de los pueblos sin justicia.

La historia de nuestros fracasos es la historia del fracaso del poder judicial. La imposibilidad de reparar por la vía institucional de los tribunales los muchos desmanes contra el patrimonio público generó la cultura del olvido, esa carencia de la memoria que reproduce la negligente actitud de la impunidad. El pueblo llano la conoce como borrón y cuenta nueva.

Ese borrador es la justicia. La mayoría de los casos no pasan de la instrucción y los pocos que lo logran encuentran jueces divorciados de la gloria y dispuestos a casarse con la infamia. Los caminos de la justicia están empedrados de “no ha lugar”. El ojo de la aguja judicial es tan amplio que permite que pase la riqueza más impúdica, la producida por la corrupción.

En la danza judicial, la Constitución nominal  y la efectiva no se llevan, cada una va por su lado. La primera, la escrita, recoge la aspiración de una justicia independiente y apegada a la legalidad. La segunda, la ejecutada, se las arregla para que nunca sea así. La genuflexión politiquera se viste de toga y birreta para dar malletazos en favor de la injusticia.

Por eso es más importante que nunca oponer la memoria al olvido. Lo sabemos desde antiguo: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.