Si como decía Ulpiano, el jurista latino, la justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que se merece, entonces habría que concluir que en nuestro país no existe.

No es necesario un esfuerzo intelectual muy grande para dar con los argumentos probatorios de esta afirmación. En las diferentes mediciones internacionales sobre el nivel de confianza en la justicia el país sale muy mal parado.

La encuesta Barómetro de las Américas coloca al Poder Judicial entre las instituciones peor valoradas. Las mediciones locales arrojan resultados similares.

El promedio de todas las encuestas indica que menos de una tercera parte de los ciudadanos confía en la justicia.

Las causas son variadas: la dificultad de acceso por la falta de información y costos elevados; el incumplimiento de los plazos; capacitación insuficiente de los actores; la dependencia de poderes fuera del ámbito judicial; la venta de sentencias; y la discrecionalidad en las decisiones de los jueces.

Los escándalos más sonados del año que recién termina se produjeron en el ámbito judicial. Los medios de comunicación recogieron en detalle sentencias complacientes que no podían justificarse en buen derecho.

Los casos no solo comprometieron la integridad profesional de los jueces inculpados, sino también la de todo el Poder Judicial.

El chapoteo en el lodo de los detalles fue tan intenso que las salpicaduras alcanzaron a ensuciar la credibilidad del organismo rector, el Consejo del Poder Judicial. El manejo de la situación, antes de que fuera de conocimiento público, mostró la inclinación a barrer el polvo debajo de la alfombra.

El CPJ quedó evidenciado como un organismo dependiente de una voluntad única y manejado con criterio revanchista.

Las decisiones de ascensos, degradaciones y traslados de jueces emandas de ese organismo, en su mayoría, sin el conocimiento previo de los afectados y en franca violación al debido proceso y la ley de carrera judicial.

En el día de hoy esas autoridades judiciales rendirán cuenta de un año que para la justicia debería ser recordado como el año en que vivimos en la infamia.

No hay atenuantes para el bochornoso comportamiento de un Poder Judicial que no supo estar a la altura de las expectativas del pueblo dominicano. Sin medias tintas podemos afirmar: nada que celebrar.