El desequilibrio institucional entre oficialismo y oposición ha sido una constante en todo el trayecto de la llamada revolución bolivariana.

El control del organismo comicial, el diseño de las demarcaciones electorales y el uso del poder para cambiar la voluntad ciudadana permiten la permanencia de un régimen absurdo que hace mucho perdió legitimidad y el apoyo de las grandes mayorías.

Claro está, también contribuyeron a esa permanencia los desencuentros y errores de la oposición.

Ayer el pueblo venezolano salió a votar masivamente, en una nueva demostración de su profundo compromiso democrático.

Los desequilibrios de siempre se manifestaron: la oposición no tuvo acceso igualitario a los medios de comunicación, el gobierno inhabilitó a las principales figuras opositoras, la colocación irregular de la tarjeta Min Unidad para confundir a los votantes de la oposición, y la violación de los límites de la campaña electoral.

El proceso fue descrito por el exgobernador oficialista, José Gregorio Briceño, como el más brutal y sucio, por las presiones a los funcionarios públicos y a los militares de bajo rango.

Pese a toda la inequidad e iniquidad en el proceder del Gobierno el pueblo participó. La motivación principal, sin duda, es el inocultable deterioro político, social y económico.

La reducción del precio internacional del barril de petróleo dejó al descubierto la incapacidad del oficialismo para lidiar con los problemas de la economía sin el dinero fácil de la renta petrolera.

El desabastecimiento, la inflación y el crecimiento de la pobreza fueron la mejor campaña para la oposición.

Lo que se pudo ver antes y durante el proceso comicial no debe impedir prever lo que podría pasar después. La comunidad internacional, sumida en su mayoría en un silencio cómplice, debe mantenerse atenta para exigir el acatamiento de la voluntad ciudadana.

No se debe olvidar que, en el pasado, a las dificultades para ganar siguieron las dificultades para ajercer el poder.

En círculos diplomáticos y entre los líderes opositores conocedores de la falta de vocación democrática del oficialismo se teme que Nicolás Maduro trate de aprobar una ley habilitante que le permita gobernar por encima de la voluntad de los nuevos diputados.

No sería nada nuevo. El chavismo siempre ha sido un mal perdedor.