La política es la actividad de los problemas urgentes. El corto plazo siempre hurta la atención necesaria para el largo plazo.

Esa actitud es natural, porque siempre se trata de resolver problemas urgentes. La necesidad de agua potable, alimentos o salud no pueden esperar.

En el proceso de formación de administradores y en la práctica cotidiana de los gestores públicos se exige la aplicación del método racional de toma de decisiones.

La racionalidad, nadie ignora, necesita tiempo. La necesidad de considerar cada uno de los factores en juego de una decisión no es asunto que pueda manejarse de un día para otro.

El cerebro humano es un organismo poderoso, pero está fuera de sus capacidades poder considerar o comprender todo sobre todos los fenómenos en el poco espacio de tiempo para la toma de decisiones.

Esa es la razón de que nunca se llegue a una conclusión a tiempo para enfrentar los problemas. El análisis se come a la acción.
 
Los problemas simples y pequeños se  van acumulando hasta hacerse problemas grandes y complejos.

En los países nórdicos los que toman decisiones evitan la trampa de la racionalidad siguiendo el modelo incremental para establecer políticas públicas

Esta idea, original del economista Charles E. Lindblom, propone el método de trabajo basado en la acumulación de varios cambios pequeños que por acumulación en el tiempo conducen a los grandes saltos.

En nuestro país se requiere la adopción de este modelo de toma de decisiones públicas para conseguir atacar con mayor efectividad los complejos problemas de la sociedad.

La obsesión de nuestros políticos por los cambios “revolucionarios” nos conduce a la ausencia de cambio.

El sentido común indica que para llegar de un punto A a otro B se necesita de los acercamientos sucesivos.

Esta lógica de lo obvio podría ser la solución que nos conduzca a la salida del laberinto de nuestros problemas.

Así que debemos empezar a probar este concepto: pasos pequeños, grandes logros.