La civilización griega nos regaló un mito para comprender la perenne existencia del mal entre los hombres: el mito de Pandora.

Pandora fue una doncella, modelada de tierra y agua, cocebida como regalo a los hombres por voluntad de Zeus para llevar a sus vidas, como castigo por robar el fuego, todas las desgracias.

La doncella llevaba consigo en un recipiente todos los males. Se cuenta que, una vez en la tierra, abrió la caja o ánfora dejándo escapar  todos los males y solo quedó atrapada la esperanza.

Los hombres que habían vivido libres de fátigas tuvieron que trabajar desde entonces sin descanso y vivir sin esperanza todas las penurias.

El fuego sagrado de Zeus puede ser comparado al dinero público. El constante hurto de los recursos del tesoro condenan a la ciudadanía a sufrir las peores calamidades.

Las autoridades, con el caso de los aviones Tucano, abrieron de nuevo la Caja de Pandora. Lo único que quedaba encerrado en ella, la esperanza, quedó libre y empezó a revolotear en todos los corazones.

El sentido común indica que la mayoría de nuestros males tienen origen en la impunidad que impone la falta de un sistema de consecuencias.

La cantidad de recursos públicos que se distrae de los objetivos de progreso de la colectividad para engrosar el patrimonio individual de los actores políticos es incalculable.

El peligro de la persecución judicial que comienza es que volvamos a jugar con la esperanza. Los precedentes justifican la mirada desconfiada.

Los casos de corrupción que envuelven a figuras po derosas solo han servido para distraer la atención o como armas en la batalla por el control del liderazgo político. Los esfuerzos terminan archivados o en un “no ha lugar”.

Este caso, de una delicadeza extrema por evidenciar la contaminación de nuestro proceso legislativo, es una prueba de fuego.

Esperamos que el resultado final no sea que la montaña de la justicia vuelva a parir ratones. El pueblo decepcionado perdería de nuevo la esperanza, pero ahora sería para no regresar jamás a la vida ciudadana.