La entrada de la sonda Juno en la órbita de Júpiter es una proeza monumental. Con justa razón Scott Bolton, el jefe del proyecto, le subrayaba a su equipo: “Ustedes acaban de lograr la tarea más difícil que la Nasa –la agencia espacial estadounidense– jamás ha realizado”.

Los angloparlantes dicen que algo es “rocket science”, ciencia espacial, para aludir a algo que es muy complejo. La dificultad para lograr la “inserción orbital” de Juno quitó el sueño por años a los responsables del proyecto. La sonda, tras un viaje de cinco años cubriendo 2.8 mil millones de kilómetros, debía ingresar en un lugar y un momento preciso. Además, coincidiendo con el 4 de julio, día de la independencia de Estados Unidos.

Las comunicaciones entre el satélite y la tierra tardan 48 minutos. De manera que toda la operación fue realizada en forma automática a través de la programación del vuelo. La maniobra de inserción fue ejecutada dentro de un margen de precisión de un segundo. “Teníamos un solo tiro”, señaló uno de los ingenieros. Si fallaban la sonda hubiese pasado de largo para perderse en el espacio.

Hasta no hace mucho, en el contexto de la Guerra Fría, los logros espaciales estaban inscritos en la pugna entre Washington y Moscú. Cada éxito o fracaso tenía una lectura política. Primero está el prestigio adscrito a logros en un ámbito que representa la vanguardia de la ciencia y la tecnología.

Ello explica el pánico que sintió el Pentágono cuando la Unión Soviética colocó en órbita el primer Sputnik (1957) y, más tarde, a Yuri Gagarin (1961) el primer cosmonauta. Estados Unidos tomó su revancha caminado sobre la luna en 1969.

Hoy subsisten las fricciones entre Rusia y Occidente. Pero la cooperación se mantiene en la Estación Espacial Internacional. Pese a ello los chinos están excluidos de dicho programa. Washington no quiere facilitarle la vida a Pekín.

El costo del programa que ha colocado a Juno en la órbita jupiteriana alcanza a los 1,100 millones de dólares. Para poner esta cifra en perspectiva, ello equivale al costo de unos diez aviones de combate F-35. Es el aparato que equipará a las fuerzas armadas estadounidenses con una dotación de 2,443 unidades.

El desarrollo espacial, más allá del conocimiento científico, disparó una revolución en las comunicaciones que ha transformado los métodos productivos de las industrias. La globalización, la relocalización de empresas, la reducción de los grandes almacenes con piezas y partes fue reemplazado con el sistema “just in time” (justo a tiempo) que es posible gracias a las comunicaciones satelitales.

Los ahorros industriales son enormes. De ahí que los gastos en la exploración espacial son sobrios comparados con los extravagantes presupuestos de defensa.