La pregunta sobre qué elegimos a la hora de votar necesita una respuesta más urgente que la de “a quién elegimos”.

Lo que nos mueve a preferir una propuesta sobre otra dice mucho sobre lo que somos, porque las preferencias dibujan el perfil de nuestro ser.

La democracia es un mecanismo para decisiones públicas basadas en información; de la calidad de ésta dependerá la calidad de todo el sistema.

La información parcial, inexacta o inapropiada tiene consecuencias inmediatas en las decisiones y  en la vida de los ciudadanos.   

En el presente proceso electoral se repite mucho aquello de que los candidatos no tienen propuestas. Eso no es posible. Lo que sí tenemos es un elector promedio desinteresado en las propuestas que se hacen. Lo que no tenemos es suficiente debate.

Las propuestas sobre los diferentes tópicos son expresadas, pero caen muertas al suelo como fruto maduro que nadie aprovecha. La ausencia de debate entre candidatos y la falta de dicusión en la población causan el desperdicio.

Los buenos candidatos surgen y se desarrollan allí donde abundan los buenos electores. No es nuestro caso. El atraso educativo, el reducido civismo y la pobreza reducen las capacidades del votante promedio.

La mayoría de los ciudadanos toman su decisión más emocional que por la rigurosa identificación de los costes y los beneficios colectivos de la decisión.

Los resultados de las diferentes mediciones científicas que se realizan demuestran esa incongruencia del votante entre los problemas y sus preferencias.

Por jemplo, el dato de que la mayoría de los ciudadanos desean un cambio en la manera de hacer política es una constante en todas. Pero, contrario a lo que se pudiera esperar, esta aspiración no conduce a preferir algo diferente a lo acostumbrado.

Entonces, ¿por qué votamos? Respondamos con vergüenza, pero sin miedo. Los dominicanos votamos por la pequeña esperanza del empleo o la dádiva.

Por eso nos quejamos de la seguridad, la salud, los precios o la falta de agua, pero no pedimos solución a los candidatos.