El Gobierno, a través del ministro administrativo José Ramón Peralta, garantizó gastos ajustados al Presupuesto de 2016. La promesa tiene la intención de calmar la ansiedad que todo año electoral produce.

La pobalción conoce, por experiencia, la tendencia irrefrenable de los gobiernos a excederse en el gasto. El gran hoyo fiscal del último proceso electoral todavía está fresco en la memoria. La promesa en tiempos de campaña es más política que económica.

El presupuesto para el próximo año incluye un déficit. Lo novedoso y beneficioso para todos sería garantizar un presupuesto equilibrado.

Por definición, un presupuesto equilibrado es aquel donde los gastos sean iguales o inferiores a los ingresos.

Los beneficios de un manejo presupuestario de este tipo son evidentes: las decisiones de asiganción de recursos públicos serán más eficientes, porque solo se adoptarán aquellas donde los costes sean inferiores a los beneficios; los hogares y los actores productivos podrá planificar mejor en vista de que podría ser más predecible la estimación de la carga impositiva; se reduce la discrecionalidad en el uso de los fondos a través de proyectos no planificados; la transparencia mejora y también el control del buen uso de los fondos públicos; en fin, que un presupuesto equilibrado establece un control sobre dos de las prerrogativas que mal usadas pueden afectar a la sociedad: la capacidad de gastar y de crear impuestos.

En las últimas dos decadas el país ha vivido una carrera irracional de endeudamiento y reiterados déficits presupuestarios que obligaron a las diferentes administraciones a imponer reformas impositivas muy dolorosas para la economía ciudadana.

Nos hemos mantenido en un círculo vicioso de gastos sin control, déficits y reformas cada año y medio, como promedio.

La costumbre está tan establecida que pocos dudan que para el año próximo no tengamos que vivir otro paquetazo.

Este año electoral podría ser una buena oportunidad para que mostremos un compromiso con la disciplina fiscal. La mejor campaña sería la de evitar las obras que se comienzan, al vapor, antes de mayo, para descontinuarlas después de agosto.

Los presupuestos no los hacen los ángeles, pero sería bueno que se gastaran sus partidas como si lo fuéramos.

A la sociedad le convendría que se ensayara un presupuesto equilibrado. Para que todos ganemos.