La felicidad es el objetivo principal de todas las personas, sostenía Aristóteles. La manera individual o colectiva de encontrarla es aplicando toda nuestra capacidad de razón.

El grado de felicidad sería el indicador más confiable para determinar la calidad de la gestión pública y medir el progreso social de un país. Los ciudadanos más felices, se supone, deben ser los mejor gobernados y con los más altos niveles de vida.

La ONU, desde el 2012, está publicando el índice World Happiness Report. Este reporte revisa el estado de la felicidad en el mundo. a través de un trabajo experto en diferentes disciplinas científicas.

El objetivo de este índice es llamar la atención de las autoridades sobre el verdadero objetivo de toda política pública: conseguir elevar la felicidad de los ciudadanos.

Los criterios utilizados para medir la felicidad son el PIB per cápita, apoyo social, expectativa de vida saludable,  libertad para tomar decisiones, generosidad, percepción de la corrupción.

República Dominicana obtuvo el puesto ochenta y nueve de ciento cincuenta y seis países; y además, el tercer peor resultado de América Latina, solo por debajo de Honduras y Haití.

  Los resultados nuestros se vieron muy afectados por el bajo nivel de apoyo social y la generosidad, el poder contar con familiares, vecinos o el Estado en momentos de problemas y tener la capacidad de compartir con los demás nuestros bienes.

El pueblo dominicano, tradicionalmente, ha sido un pueblo solidario y generoso, pero este dato resulta preocupante, porque significa que estamos perdiendo esas virtudes sociales.

El país se torna cada vez más idividualista. En la lucha cotidiana por la sobrevivencia se destruye la cohesión social.  La desintegración de los lazos termina por dedgradar la convivencia política y económica.

La baja calidad de nuestra democracia es un reflejo de esa reducción de la felicidad. Los seres humanos infelices pierden la capacidad de soñar. La falta de sueños impide la prosperidad.

La permisividad ha permitido que nos quiten todo, pero no debemos permitir que nos roben la felicidad.